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Valencia se conoce en un día o en una vida

España, Valencia

Conozco Valencia muy bien tras haber viajado allí tantas veces hasta perder la cuenta. Tener la sangre compuesta por una mitad de gofio y otra de horchata lo requiere. Después de recorrer todos los rincones de la ciudad hasta terminar regresando siempre a los mismos lugares —aquellos de los que uno nunca se cansa— podría parecer que Valencia se deja conocer en un solo día. Aunque se trate de una ilusión para atrapar al visitante en el tiempo.

Sin embargo, Valencia no se puede leer en línea recta. Cada visita descubre una capa diferente de la historia de la ciudad, como si el tiempo aquí no avanzara, sino que se acumulara entre influencias latinas, germánicas, árabes y cristianas hasta encontrar el equilibrio con la vanguardia contemporánea. Es esta la trampa: después de un día en Valencia, inevitablemente llegará otro.

Entrada desde el subsuelo

Un día típico en Valencia comienza temprano, de buena mañana, en el metro. Como un topo aparecemos de debajo de la tierra, deslumbrados por la primera luz del sol, en la estación de Xátiva. En estos primeros momentos, entre el bullicio de coches y personas, es fácil perder nuestras miradas, aún encandiladas, en los imponentes edificios de la Plaza de Toros y la Estación del Norte, al otro lado de la avenida. Sin embargo, nos esforzamos por mantener la concentración en lo realmente importante, un ritual sagrado para los valencianos: el desayuno.

Decidimos bajar en esta parada de metro para disfrutar del popular bocadillo de calamares con alioli del bar Los Toneles, acompañado de un obligatorio zumo de naranja, por supuesto de Valencia. La velocidad y la eficacia del personal es asombrosa. En pocos minutos estamos atendidos y servidos. Contagiados por el ritmo del local, nos encontramos de nuevo en el exterior, ahora con los estómagos llenos.

Atravesamos la calle Ribera en busca de la plaza del Ayuntamiento, en el extremo contrario. Debemos sortear las numerosas terrazas para turistas que se mezclan con el vaivén de personas y furgones de transporte que, ya desde temprano, invaden todo el espacio de la vía peatonal. Parece una patología generalizada que las zonas para peatones de las ciudades estén siempre llenas de coches y sean las personas quienes deben andar con cuidado, tanto aquí como en San Cristóbal de La Laguna, en Palermo o en Zermatt.

¡Bum!

Llegamos a la plaza del Ayuntamiento, momento en el que siempre, un viaje tras otro, aparece un recuerdo imborrable de este lugar.

Durante las Fallas de 2015 me encontraba justo aquí para asistir a la mascletá del mediodía. Si en un día normal la ciudad se encuentra invadida por un aluvión de personas, durante las fiestas se multiplican y coinciden en los eventos de la plaza del ayuntamiento hasta convertirse en avalancha. En este momento, uno de los más agobiantes de mi vida, el aplastamiento con los demás cuerpos que se mueven en todas direcciones sin control, colmó mi paciencia casi infinita de profesor. Tras decidir escapar de la masa humana, convertida en un solo ente, a duras penas conseguí refugiarme en una cafetería próxima, donde el inicio de la traca provoca un estruendo inimaginable hasta ese momento. El ruido era ensordecedor y el local temblaba como si fuera a derrumbarse sacudido por un terremoto. La sensación era de estar al borde del colapso durante diez minutos interminables en los que las explosiones retumban con violencia dentro de uno mismo. Al final, entre la desorientación y el fuerte pitido en los oídos pude percibir los gritos de celebración del mundo exterior. Aunque se trata de un espectáculo formidable, nunca me gustaron las masificaciones.

Plaza y Ayuntamiento de Valencia

Hoy, una mañana de julio diez años después, la misma plaza se abre amplia y tranquila ante nosotros, mostrando una imagen completamente diferente desde el célebre balcón del Ayuntamiento, lugar desde el que se da comienzo a las ceremonias de Fallas.

Un paseo desordenado por la historia de Valencia

La línea del tiempo de Valencia no se dibuja en orden cronológico. Las civilizaciones no sustituyeron a las anteriores, se superpusieron, obligándonos a saltar de una etapa a otra como los protagonistas de una película de Christopher Nolan.

En la plaza del Mercado conviven el modernista Mercado Central de Valencia y la Lonja de la Seda, de estilo gótico. Separados por más de seis siglos, los edificios dibujan un llamativo contraste en el paisaje de la ciudad.

De pie, entre la agitada actividad del Mercado Central, observamos la gran cúpula mientras comemos un segundo desayuno improvisado, aunque sin llegar a ser un auténtico almorsaet, otro de los rituales sagrados de los valencianos. En la Lonja, también las miradas se dirigen hacia los techos. En el Salón Columnario, los pilares con forma de espiral se elevan como sacacorchos hasta las bóvedas que cubren la estancia, pero es el techo de la Cámara Dorada, en el conocido como Consulado del Mar, lo que realmente despierta nuestra admiración por su alto nivel de detalle trabajado sobre la madera. Sin embargo, mi rincón favorito aquí es el patio de los Naranjos, que al pasar desapercibido se convierte en el espacio perfecto para disfrutar de un descanso, en silencio y a la sombra.

Nuestro paseo continúa hasta dar con la Catedral de Valencia, ejemplo vivo de la superposición de estilos a lo largo de la historia, al levantarse sobre un templo romano transformado con las influencias árabes, góticas, renacentistas y neoclásicas que han dominado la ciudad. Después de subir los más de 200 escalones que llevan hasta lo más alto de la torre del campanario, conocida como el Miguelete, la ciudad parece ordenarse bajo nuestros pies. Muy cerca, desde la Iglesia de Santa Catalina encontramos una perspectiva diferente y en soledad, aunque la excusa fuera tomar una horchata con fartons en la horchatería que, próxima a ella, lleva su mismo nombre. Las vistas desde la torre de Santa Catalina tienen el atractivo de incluir al Miguelete dentro de la composición, con la gracia añadida de poder ver a los turistas amontonados en el popular campanario.

Seguimos caminando hacia el norte, en busca del antiguo cauce del río Turia, al que llegamos atravesando las Torres de Serranos. Las antiguas puertas medievales de la ciudad, que formaban parte de la ya desaparecida muralla árabe de Balansiya, todavía se mantienen en pie y en perfecto estado.

Regreso al futuro

Casi sin darnos cuenta, la ciudad cambia. Nos adentramos en los jardines que ocupan el antiguo cauce del Turia, donde la arquitectura nos devuelve al presente. Sin prisas, seguimos la vieja corriente del río.

Un nuevo salto en el tiempo, esta vez hacia el futuro, se produce cuando la Ciudad de las Artes y las Ciencias irrumpe en el tranquilo canal verde. Las formas sinuosas retuercen la lógica de la física y dibujan un paisaje urbano amplio y sereno, adelantado a su tiempo.

Atravesamos el conjunto de construcciones casi incomprensibles, introduciéndonos entre las estructuras del Palacio de las Artes, el Hemisfèric y el Museo de las Ciencias, que parecen envolvernos en un entorno de ciencia ficción. Al llegar al edificio del Ágora para hacer una pausa, su espectacular cúpula nos mantiene atrapados por su apariencia de boca de ballena.

Escapar del ajetreo

Cruzando el puente del Azud del Oro, con forma de arpa, encontramos la parada de metro que nos lleva directos a la playa para cumplir con otro ritual sagrado en Valencia: el almuerzo.

Nuestra línea finaliza su trayecto en la Malvarrosa, una de las playas más populares y turísticas de la ciudad. Decidimos atravesarla de un extremo a otro hasta llegar a la vecina playa de la Patacona, donde no llega tanto guiri ansioso de sangría y paella. Aquí disfrutamos de la tranquilidad del ambiente más local para saborear el arroz a banda junto al mar.

No hay demasiado tiempo para la sobremesa. Queremos llegar a tiempo para tener un buen sitio en la Albufera, el mejor lugar para ver el atardecer de toda Valencia, aunque para ello debemos hacer algo que llevamos evitando todo el día: conducir. Sin ninguna duda, el coche es el peor medio de transporte de la ciudad. Los amables valencianos parecen transformarse al volante, creando más carriles de los que realmente existen para intentar colar sus vehículos entre la densidad del tráfico, con un estilo propio, comparable al siciliano. No tenemos alternativa. Después de más de una hora de trayecto al límite, conseguimos aparcar en uno de los pocos estacionamientos disponibles que, sin éxito, pretenden evitar la masificación del paraje.

Desde el embarcadero de la Albufera, el sol va cayendo mientras llegan cada vez más personas, como un ejército de hormigas, hasta llenar el lugar. Grupos de amigos con unas cervezas, familias con niños, sesiones de fotos de boda y grupos de turistas que salen y entran de los paseos en barca coinciden en este punto, algo que no tendría nada de malo si no fuera por el reducido espacio que nos obliga a compartir el sitio, pegados a tantos desconocidos. Aunque hemos intentado escapar del ajetreo, la gentrificación nos persigue igual que en nuestra tierra.

Pese a todo, con algo de paciencia siempre logramos encontrar una buena perspectiva entre algún espacio vacío para crear un encuadre fotográfico que dé la sensación de soledad en la naturaleza. Los juncos del arrozal que emergen del agua se funden con el movimiento de las ondas creadas por las embarcaciones y los reflejos del sol, mientras los colores del cielo cambian rápidamente según avanza el ocaso, pintando escenas efímeras antes de que anochezca definitivamente. Mañana será otro día.

València, 2025

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