Esta historia comenzó hace tiempo, con una sugerencia de YouTube en la que un alpinista suizo ascendía la cima del Matterhorn por la cresta de Hörnli. El tipo, que hablaba con conocimiento de la que llamaba “la montaña de las montañas”, compartía su complicada misión sin filtros, enseñando su paso por salientes de roca expuestos al abismo y la superación de paredes verticales que obligaban a utilizar cuerdas con agilidad mientras, entre una toma y otra, mostraba el sobrecogedor paisaje de los Alpes a sus espaldas.
A partir de ese momento, durante años, la épica rivalidad entre suizos e italianos por conquistar la cima, las nuevas ascensiones por cada arista, la vida en torno a los refugios —guardados, abandonados e improvisados— o los constantes rescates en el Matterhorn se convirtieron en mi principal tema de interés, hasta hacerme un investigador minucioso del monte Cervino, aunque subir esta cima nunca ha estado dentro de mis posibilidades técnicas, físicas o incluso mentales.
Pronto comprendería que ver el Matterhorn en vivo algún día, aunque fuese lejano, terminaría siendo una necesidad. Así, esta se convertiría, al menos para mí, en la montaña soñada. No solo porque su forma de pirámide rocosa, aislada en el paisaje, se corresponde a la perfección con la imagen que todos proyectamos en nuestra mente al pensar en una montaña, sino también por la atracción inevitable hacia el ideal que representa esta cumbre, envuelta en un aura de misticismo, épica y drama.
Un viaje muy largo
Llegar hasta Zermatt no ha sido fácil. El viaje comienza varios meses antes, ocupados en resolver el rompecabezas de combinaciones de transporte que llevan hasta el pequeño pueblo a los pies del Matterhorn, incrustado en el corazón de los Alpes.
Volamos a Milán Malpensa desde Valencia. Allí alquilamos un coche para recorrer los casi 200 kilómetros de carretera que serpentean por el relieve de la cordillera alpina hasta conducirnos a la población de Täsch. Un último y obligatorio tramo en tren nos sitúa en la estación de Zermatt. El viaje no ha hecho más que empezar.

A la salida de la estación, el Monte Cervino se presenta parcialmente oculto por un fenómeno habitual: su característica nube de bandera. Según el personal de la oficina de turismo, esta sería la previsión para todos los días de nuestra estancia, incluso para las próximas semanas, pero no perdemos la esperanza. En ningún momento valoro la posibilidad de abandonar Zermatt sin contemplar el Matterhorn en todo su esplendor. Como siempre, confío en que la naturaleza se ponga de nuestro lado, aunque la afamada precisión meteorológica suiza diga lo contrario.
Esa misma tarde, con la mirada puesta en el constante baile de nubes que rodea la montaña, esperamos que se despeje. No tenemos suerte. Al día siguiente buscamos una nueva perspectiva desde Gornergrat, mientras el vaivén de la nubosidad en la montaña juega con nuestra expectativa, sin llegar a desaparecer del todo. Sin éxito, mantenemos una persecución constante sobre el Matterhorn mientras pasa el tiempo. Nunca aceptamos la realidad. Esta montaña es esquiva y, con frecuencia, tan imposible para el alpinista como para el mero espectador.
La naturaleza siempre nos regala su mejor cara
Aunque no sea la imagen que esperábamos, la montaña ya nos ha regalado imágenes inolvidables. El colmillo de roca del Matterhorn, envuelto por un manto de nubes que al girar con el viento deja entrever nuevas partes de su silueta, nos ha mantenido en vilo. No hemos terminado de comprender si la montaña se encuentra atrapada por las nubes o si ocurre lo contrario. Aunque lo seguiremos intentando, nuestras vivencias en el territorio ya son plenas.
Esa misma noche, desvelado tras ir al baño de madrugada, decido recostarme en la terraza del hotel, mal acomodado sobre la silla y con los pies en la barandilla para intentar recuperar el sueño. Mientras tanto, Zermatt duerme en completo silencio, solo interrumpido por el arrullo de la corriente del Matter Vispa, el cencerreo de las vacas y el tintineo de los hierros de los montañeros que inician la marcha hacia sus pequeñas conquistas de los Alpes.
Sin ninguna señal de poder volver a dormir, a lo lejos parece irrumpir un destello. Luego otro. Enseguida, otro destello más arriba. No cabe la menor duda de que son alpinistas en la montaña. Me incorporo a toda prisa y busco mi cámara de fotos. Apunto a ciegas por el visor, con la ISO a tope y la máxima apertura del diafragma. A pesar del movimiento y del ruido de la imagen, puedo ver con claridad que el Matterhorn, invisible en aquella noche negra sin luna, por fin está despejado.
Hola, Matterhorn
Me había buscado este hueco en la terraza para no alterar el sueño de mi acompañante, siempre paciente con mis obsesiones. Finalmente terminaría por remover toda la habitación del hotel a las cuatro de la madrugada, en busca de cualquier objeto que me permitiera improvisar un trípode para estabilizar las fotografías que me mantendrían despierto el resto de la noche.
Con la banqueta del baño y una caja de Toblerone haciendo de cuña, consigo apuntar en la dirección y con la inclinación correctas. Configuro bien la cámara, disparo y aparece el Monte Cervino, majestuoso, solitario, dominando todo el paisaje. Lo hemos conseguido.

Por supuesto, no volvería a dormir. Paso las horas que restan hasta el amanecer viendo cómo el Cervino va apareciendo con una fuerza cada vez mayor, entre varios cafés instantáneos, trozos de Toblerone y los restos de un bretzel del día anterior. Con cada nueva tonalidad de luz en la montaña, un nuevo disparo de la cámara, que debo ir reconfigurando con la variación de la luz.
Cuando por fin amanece, Zermatt ya no es el mismo lugar. O quizá somos nosotros quienes lo vemos de otra manera.

El día más esperado
Volvemos a llegar los primeros al desayuno. No queremos perder tiempo. Sabemos que la meteorología cambia rápidamente en la alta montaña y que esta excepción en la previsión no durará mucho más. Tampoco queremos quedarnos cortos de calorías, por lo que no podemos apresurarnos a la hora de engullir los generosos platos de huevos, salchichas, quesos, panes y bollería que confeccionamos en el buffet. De nuevo, tras elaborar unos sándwiches clandestinos que sacamos a escondidas, estamos listos para admirar el Monte Cervino.
La primera parada es un mirador secreto en la parte alta de Zermatt. Llegamos aquí después de una buena tirada de repechos y escaleras cuesta arriba. Como premio, estamos solos ante las excelentes vistas de las casas que, bajo el gigante Matterhorn, parecen de juguete. La montaña luce resplandeciente bajo el sol y podemos observar todos los detalles de sus aristas, concluyendo que estamos ante la representación perfecta de la idea de montaña —con permiso de nuestro Teide—.
Solo unos pocos residentes paseando al perro interrumpen nuestra tranquila soledad. Por lo visto, aquí no se lleva lo de saludarse con extraños. No parece que nuestra presencia les incomode, pero percibimos una mezcla de inquietud y prudencia por la forma en que nos miran. Puede que la respuesta se encuentre en la panorámica del valle, dominada por la cantidad de grúas y obras que indican el crecimiento agresivo de un turismo de masas que está terminando con la tranquilidad de sus habitantes. Desgraciadamente, de eso sí sabemos y en nuestra casa reaccionamos igual.
Lo comprobamos en el camino a nuestra siguiente parada, la estación de teleférico de Zermatt. Remontando el río Matter Vispa sorteamos una sucesión de obras de hoteles, apartamentos y viviendas vacacionales y sus respectivas ampliaciones de infraestructuras, alcantarillado y cableado. Aunque la ciudad tiene prohibido el acceso de los vehículos particulares, para no ser atropellados nos vemos obligados a sortear una invasión de microfurgonetas eléctricas, dedicadas enteramente al transporte de turistas, que no dudan en mantener su trayectoria.
Pese al caos que se vive en el centro de Zermatt, en cada esquina que doblamos, al final de cada calle, una nueva perspectiva del Matterhorn nos obliga a parar cada pocos pasos para tomar otra fotografía.
Otra mañana bajo el Cervino
Ya en el ascenso hacia Schwarzsee compartimos el primer tramo de teleférico con dos señoras suizas que, para nuestra sorpresa, parecen muy animadas con nuestra apariencia de turistas inseguros en este medio de transporte, más que habitual en los Alpes. Con el lenguaje universal de la mímica nos indican la presencia de un cervatillo corriendo montaña arriba.
—Bambi —respondemos, como muestra de entendimiento.
Ellas estallan en una carcajada tan inesperada como desproporcionada. Nosotros, desconcertados, seguimos sin entendernos del todo con los suizos.
Después de bajarse en la estación de Furi, continuamos solos en la cabina. La pendiente hacia Schwarzsee alcanza un desnivel importante y avanzamos suspendidos a gran altura, pasando de la inseguridad al miedo por momentos. Por suerte, en pocos minutos llegamos a nuestra parada.
Una vez arriba, nada más llegar recuperamos el ánimo con un capuchino en la terraza del Hotel Schwarzsee, próximo a la estación, mientras asistimos en directo a la formación de la dichosa nube del Matterhorn. La montaña vuelve a ocultarse bajo la nubosidad que avanza a gran velocidad. Esta vez, bien de cerca, vemos un Monte Cervino que, en constante movimiento, incluso parece estar vivo. Por un instante no sabemos si se mueve la roca o si son las nubes que, empujadas por el chorro de aire en altura, giran en espiral alrededor de ella.
Estiramos las piernas caminando por los alrededores. Al girar la mirada, aparece una vista panorámica del macizo del Monte Rosa y el glaciar de Gorner. En el fondo del valle de Mattertal, Zermatt parece encajado entre las montañas mientras “Money”, de Pink Floyd, vuelve a sonar en mi cabeza.
Junto a la estación del teleférico y el hotel, la estatua y la Capilla de Nuestra Señora de las Nieves son las únicas construcciones del lugar. Al contrario que el resto de turistas, obviamos el exagerado cartel de Zermatt que, formado por letras del tamaño de una persona, vemos totalmente fuera de lugar en el paisaje. Rodeando el lago Schwarzsee, una roca relativamente plana que sobresale entre la hierba nos parece el lugar perfecto para comer delante del Matterhorn.
Mientras masticamos los sándwiches observamos la brutalidad de la famosa arista de Hörnli. Desde aquí, el camino a la cumbre, visible entre claros de nubes, se muestra aún más desafiante que en todos los vídeos y documentales que he visto en los últimos años. También miramos con resignación el refugio de Hörnlihütte, parada obligatoria en este punto de la montaña y destino final de nuestro plan original. No llegamos a este viaje en las mejores condiciones físicas, el curso académico ha sido largo y ha estado marcado por varios contratiempos, así que decidimos dejarlo para otro verano. Sin embargo, después de varios días persiguiendo esta cima escondida, el Matterhorn ha dejado de ser la montaña soñada para convertirse en una cumbre posible, tal vez algún día, con humildad, preparación y tiempo.

Hasta la próxima
En el regreso, el viento hace que la cabina del teleférico se mueva dando bandazos a los lados, justo en la parte más elevada del descenso. A varios cientos de metros sobre el suelo, nos obligamos a fijar la vista en la lejanía del Monte Rosa.
De vuelta en Zermatt, las calles abarrotadas nos reciben con un festival de música y comida. Dos perritos calientes a precio de estrella Michelin serán nuestra última cena en Suiza. Mañana nos vamos al lago Maggiore, donde podremos descansar de verdad (nosotros y también nuestras cuentas corrientes).
Dejamos atrás el Matterhorn con la promesa de regresar, algún día, para saldar la deuda pendiente.













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