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Llegar a Zermatt no es fácil, quedarse tampoco

Italia, Suiza

Si existe un lugar que representa la imagen del paisaje alpino a la perfección, quienes soñamos con montañas pensamos instantáneamente en el imponente Matterhorn. Por fin hemos encontrado el momento adecuado para explorar este territorio en persona, después de muchos años desentrañándolo entre mapas, lecturas y documentales. Las expectativas son altas, así que junto a la puerta de embarque de nuestro vuelo Valencia – Milán repaso las notas del viaje que tenemos por delante para llegar hasta Zermatt, el pequeño pueblo suizo situado a los pies de la montaña soñada.

Ya en pleno vuelo, desde la ventanilla del avión —un nuevo y cómodo Airbus A321neo de Wizz Air— sobre los Alpes, intento localizar las cimas más conocidas guiado por los mapas difusos que puedo recordar de memoria. Intento encontrar el Mont Blanc sin éxito, pero después de localizar el valle de Aosta e intuir el Gran Paradiso, un poco más al norte, entre claros y nubes, parece asomar el pico del Monte Cervino (nombre italiano del Matterhorn suizo).

Pocos minutos después aterrizamos en el aeropuerto de Milán Malpensa. Irónicamente, en la terminal de llegadas, la agresiva publicidad del portal Idealista nos invita a comprar viviendas y nos sitúa en el otro lado del insaciable mercado inmobiliario que, también aquí como en Canarias, extiende su maldición sobre los habitantes de la ciudad. Podemos iniciar la siguiente fase del viaje, ahora por carretera, una vez superado el trámite de recogida de nuestro coche de alquiler. Pero antes tendremos que rendirnos a la habitual coacción para que realicemos un upgrade de categoría que, como siempre, termina siendo tan innecesario como las advertencias exageradas del vendedor.

Arona

Hemos planificado la primera parada de este road trip en Arona (la del norte de Italia, no la de Tenerife). A media tarde llegamos a esta pequeña localidad de la región de Piamonte, donde encontramos la tranquilidad que veníamos buscando.

Tras registrarnos en el hotel, buscamos la orilla del lago Maggiore para disfrutar de un largo paseo. No tenemos horario ni prisa —ni sabemos lo que nos vamos a encontrar por el camino—, pero pasamos las horas caminando sin rumbo entre las pequeñas playas, entretenidos con el vaivén de pequeñas embarcaciones que interpretamos como el medio de transporte habitual. Hacia el norte, tras la figura de las islas Borromeas, comienza a mostrarse la serrada silueta de unos Alpes que intensifican su relieve al ritmo de la caída del sol.

Orilla del lago Maggiore en Arona. Los Alpes al fondo.

Entrada la noche regresamos al hotel para cenar. Desafortunadamente, el alojamiento solo nos puede ofrecer el servicio de desayuno del día siguiente, así que decidimos deambular por la zona hasta caer en el restaurante Via Veneto. Suponemos que cualquier cosa servirá para sobrevivir hasta mañana, pero una exquisita pizza rústica se convierte en el premio a nuestra improvisación. Quizá, dejarse llevar sea la mejor estrategia para encontrar el verdadero encanto de estos lugares, desconocidos para nosotros (o simplemente, el hambre agudiza los sentidos). Sea como sea, con mucho gusto apuramos la pizza, la copa de vino y el tiramisú. Ni siquiera dejamos una aceituna ni rastro del delicioso pan artesanal que nos sirvieron de cortesía, incluso después de terminarse la mantequilla.

Por la mañana, bien temprano, nos dirigimos a la frontera. Los Alpes se agrandan según avanzamos y pronto nos vemos metidos en el bosque, sorteando las curvas que recorren un relieve montañoso cada vez más acentuado.

Suiza tiene sus cosas

En el paso del Simplón, aunque ya no es necesario realizar ningún trámite para cruzar de la Unión Europea a Suiza, debemos reducir la velocidad hasta casi detenernos ante la amable pero atenta mirada del policía del otro lado. No nos extraña demasiado, aun sabiendo que nos encontramos dentro del espacio Schengen.

Pocos metros más adelante, en la primera gasolinera, debemos obtener la obligatoria vignette suiza y pegarla en el cristal para poder circular por las carreteras del país. El impuesto se paga por un año completo, a pesar de que solo estaremos en Suiza unos días. Además, hemos alquilado el coche en Italia —donde no tenía por qué estar incluido el impuesto de otro país— así que, como pequeño acto de rebeldía, mantendremos la viñeta bien colocada sobre el salpicadero, en lugar de pegarla en el cristal, para traerla a Tenerife como recuerdo del viaje. El próximo conductor de este mismo vehículo que quiera cruzar la frontera también deberá contribuir a la Hacienda suiza.

Pronto ascendemos hasta el puerto del Simplón, donde hacemos una pequeña parada para respirar el aire puro del bosque. A partir de aquí la carretera seguirá paralela al curso del río Ródano, en su descenso hacia la ciudad de Visp, donde nos detendremos para comprar un almuerzo ligero en el supermercado antes de iniciar el descenso por el valle de Mattertal. No podemos disfrutar del trayecto como nos gustaría. Cada pocos kilómetros nos retiene una obra en la vía que ahora también nosotros estamos financiando. Mientras tanto, en Canarias, los políticos se niegan a exigir una pequeña tasa turística por miedo a molestar a alguno de los 18 millones de visitantes que invaden nuestras islas cada año.

Al fin llegamos a Zermatt

La pequeña localidad de Täsch es el último lugar al que podemos llegar conduciendo. Zermatt solo permite el acceso en coche a sus residentes, por lo que hacemos el último tramo del viaje en tren. Aprovechamos para comer después de estacionar nuestro vehículo en el parking privado que tenemos reservado para los siguientes cuatro días. Encontramos un banco a la sombra y almorzamos mientras divisamos el valle encajado entre las montañas. Aun sabiendo que todavía no es posible, de manera inconsciente dirijo la mirada hacia el sur, forzando la vista para buscar la cima del Cervino.

No hemos visto a nadie hasta llegar a la estación. Si no fuera por el incesante ajetreo de turistas que se ven obligados a pasar por aquí de manera irremediable, el pueblo estaría casi vacío. El trayecto en el tren abarrotado dura alrededor de cuarenta minutos hasta que, por fin, estamos en Zermatt. La presencia del Glacier Express en el andén contiguo nos recuerda que podríamos haber llegado hasta aquí, con mayor facilidad, en tren desde Ginebra. Sin embargo, no hubiéramos recorrido el territorio con la misma libertad.

El Glacier Express en la estación de trenes de Zermatt.

A la salida de la estación volvemos a buscar el final del Mattertal con la mirada. Por primera vez, aunque tapado por su característica nube de bandera, el Matterhorn se presenta ante nosotros. Ya conocíamos la frecuencia de este fenómeno. El aire giratorio en un lado de la montaña sube, se enfría y condensa el vapor de agua, creando nubosidad alrededor de ella. Pero no sabíamos que, según el personal de la oficina de turismo, esta sería la previsión para todos los días de nuestra estancia. No perdemos la esperanza. En ningún momento valoro la posibilidad de abandonar Zermatt sin haber visto la montaña soñada en todo su esplendor. Simplemente confío, aunque la probabilidad no esté de nuestro lado, en que la naturaleza siempre termina regalándonos su mejor versión.

El personal del hotel Alpen Royal nos obsequia con una mejora de la habitación con vistas al Matterhorn. Intuimos que la recepcionista italiana ha querido compensarnos de esta forma, después de pagar las elevadas tasas turísticas que nos corresponden por cada persona y día de nuestra estancia. No importa el motivo. Si la montaña se despejara, ahora tenemos el mejor lugar para contemplarla.

El Matterhorn - Monte Cervino tapado por la nubosidad, desde nuestra terraza.

No tardamos en salir a reconocer la ciudad. Enseguida atravesamos la bulliciosa Bahnhofstrasse para llegar hasta el final de Zermatt y situarnos a los pies del Matterhorn. Incluso tapada por su propia nubosidad, recorremos la silueta de la montaña desde su base y adivinamos una prominencia que, igualmente, se muestra majestuosa. Subimos la pequeña cuesta que nos lleva hasta la estación del teleférico. Las pequeñas cabinas que se dirigen a Schwarzsee alcanzan una altura considerable mientras las observamos con respeto. De la observación pasamos a un estudio más exhaustivo, puesto que con total seguridad, tarde o temprano, tendremos que subirnos en una de ellas.

A nuestras espaldas queda la vista de todo Zermatt y una banda sonora resuena en mi cabeza. “Money”, de Pink Floyd, me ha estado persiguiendo mentalmente por toda la ciudad mientras consultamos los precios de los restaurantes y las tiendas.

Regresamos al hotel, ahora por la calle Bachstrasse, junto al río Matter Vispa. Para cenar, de nuevo recurriremos a Maxcoop, que ya se está convirtiendo en nuestro mejor anfitrión. Sin desmerecer la buena calidad de la fruta, los lácteos y los panes de Suiza, nos consuela ver el supermercado lleno de otros viajeros que, igual que nosotros, tratan de no arruinarse en este gran resort de lujo de montaña.

Sin embargo, llegados a este punto, ya metidos en el territorio nos importa poco la economía. Pase lo que pase, mañana estaremos persiguiendo una cima en el corazón de los Alpes.

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