Llegamos al lago Maggiore después de varios días atravesando Suiza en busca de una vista privilegiada del Matterhorn. Los kilómetros del viaje, acumulados en coche y a pie, se sumaban a la carga física y mental de un fatigoso curso académico marcado por una oposición que terminaría llevando mi salud al límite. En la parte italiana del gran lago, todavía a los pies de los Alpes, encontramos por fin el descanso que no sabíamos que necesitábamos tanto.
El viaje comenzaba en Valencia, desde donde tomamos un vuelo a Milán Malpensa después de una semana en la ciudad mediterránea. Tras aterrizar ya entrada la tarde, una parada para dormir en Arona, en el lado suroeste del lago, sería nuestro primer contacto con el lugar.
En la pequeña localidad de la región de Piamonte respiramos la primera bocanada de tranquilidad. Nos registramos en el hotel y buscamos la orilla del lago Maggiore para disfrutar de un largo paseo. No tenemos horario ni prisa, así que pasan las horas mientras caminamos sin rumbo entre las pequeñas playas, entretenidos con el vaivén de pequeñas embarcaciones que cruzan la frontera natural con Lombardía, de un lado al otro. Al norte comienza a dibujarse la silueta de los Alpes, que ya nos esperan afilando su relieve con la caída del sol.

Regresaremos al lago dentro de unos días, esta vez más al norte, para quedarnos definitivamente en la ciudad de Baveno. Mientras tanto, hacemos un paréntesis para conducir hasta Zermatt en busca del Monte Cervino (nombre italiano del Matterhorn). Como casi siempre, la obstinación nos llevaría a perseguir aquella montaña soñada años atrás, y también a pagar el precio físico y económico que suelen costarme algunas obsesiones. Tras nuestra complicada misión, volvemos a Italia deshaciendo el viaje por las carreteras suizas.
Regreso a la accogliente Italia
El cambio es más que evidente nada más traspasar la frontera y nos dejamos caer sin pensar demasiado en Domodossola para almorzar. El carácter acogedor y despreocupado, la improvisación preparada —e incluso los precios— son el reverso de Suiza y, por supuesto, más próximos a nuestro carácter latino. La comida, dos focaccias y dos cafés, nos pareció extremadamente barata después de los abusos del país vecino. Media hora más tarde llegamos a Baveno.
En el Hotel Romagna nos indican que nuestra habitación estará lista en media hora. Nos presentamos antes del horario del check-in, así que damos una vuelta por los jardines del alojamiento, donde encontramos dos tumbonas frente al lago que son todo lo que necesitamos.

Mientras esperamos, por poco caemos dormidos bajo el sol escuchando el golpeo del agua sobre la orilla. No tardan en avisarnos de que nuestra habitación está lista. La camera tiene aire setentero, pero todo lo necesario para dormir y una amplia terraza con vistas al lago. Es evidente que este hotel familiar ha vivido tiempos mejores, pero tenemos más que suficiente para la estancia de los próximos días.
La ubicación es inmejorable. Estamos a solo cinco minutos en coche del centro de Baveno. Aunque valoramos utilizar las bicis que nos ofrece el personal del hotel, no merece la pena jugársela con el tráfico italiano. Estamos en el norte del país y el tráfico es infinitamente mejor que el caos de Sicilia, pero aun así observamos que los coches, las bicicletas y los peatones se cruzan a muy poca distancia, sin seguir del todo las normas básicas de preferencia.
La vita pasa despacio en Baveno
En el centro de Baveno, todo transcurre con calma. Nadie se pelea por conseguir un sitio en el aparcamiento del muelle. Si hay hueco, aparcas. Si no hay, esperas. Nosotros nos arrimamos a un lado mientras una familia entera termina de acomodarse en su vehículo y se marcha.
Desde aquí consultamos en el embarcadero las opciones de transporte a las islas Borromeas antes de echarnos a caminar por la ciudad. La primera parada es innegociable: un helado de pistacho de la Gelateria La Deliziosa. Sentados en la escalinata del ayuntamiento, el tiempo que tardamos en apurar el gelato nos permite tomar el pulso a la ciudad, lento, desenfadado pero activo, donde los residentes y unos pocos turistas conviven con normalidad.
Muy cerca, la Piazza della Chiesa nos atrapa con una galería de frescos pintados al aire libre. De forma natural, el camino nos lleva hasta la Iglesia de los Santos Gervasio y Protasio, de estilo románico. En el interior, las pinturas conservadas perfectamente sobre las paredes desde el siglo XIV representan las típicas escenas cristianas. El complejo que rodea la iglesia está lleno de restos arquitectónicos que, desde el paso de los romanos, se han ido superponiendo por capas hasta llegar a la actualidad.
Los invitados a una boda comienzan a invadir la plaza, así que decidimos seguir caminando sin rumbo bordeando el lago hacia el norte. Sin embargo, estamos en Italia, donde no suele haber una ordenación evidente del paisaje urbano. Después de recorrer unos pocos metros junto al lago, un muro nos obliga a retomar la vía del Sempione —la carretera principal que recorre todo el lago— por tramos dispuestos aleatoriamente de acera, carretera y arcén.
El parque Villa Fedora nos regala un breve respiro entre los árboles y tomamos uno de los senderos que conducen hasta una pequeña playa. Cuando decidimos salir por el otro extremo del parque para continuar nuestro camino, sorpresa: la puerta está cerrada. Resignados, volvemos al punto de entrada y retomamos la marcha hacia el norte.
Tras sortear un recorrido lleno de obstáculos, llegamos al principal centro comercial de la ciudad. Entre pasillos oscuros y deshabitados, solo dos tiendas y una triste cafetería sobreviven junto al gran supermercado de la cadena Conad, que sigue siendo el único reclamo para acudir a este edificio siniestro que, de manera escandalosa, contrasta con el brillo y la alegría del entorno.
Cansados, después de tantos contratiempos, regresamos al centro de Baveno.

Navegando por el lago Maggiore
El día siguiente a nuestra llegada amanece tranquilo, soleado y con el lago en completa calma. Tras desayunar en el hotel, nos dirigimos al muelle para tomar una pequeña embarcación que nos lleve a conocer las islas Borromeas.
Mimetizados ya con las reglas no escritas del desorden italiano, nos metemos entre la masa de personas que se apelotonan en torno a la entrada del barco hasta lograr acceder. Sin saber cómo, en lugar de hacer una fila, se aplica un sistema invisible de turnos que, sorprendentemente, casi coincide con el orden de llegada de cada persona (porque siempre hay excepciones para los más cuicos).
A medida que nos alejamos de la costa, la percepción cambia por completo desde el interior del lago. Baveno se alarga siguiendo el litoral, con sus grandes casas con embarcadero como seña de identidad de una forma de vida tranquila, permanentemente vacacional. En pocos minutos desembarcamos en la Isola Bella, donde la llegada de embarcaciones es constante.
Todos llegamos a la pequeña isla buscando lo mismo: el Palazzo Borromeo. Aunque siempre me resigno a visitar este tipo de lugares convertidos en atracciones turísticas, reconozco que estamos ante un gran palacio del siglo XVII que se extiende a través de unos jardines desbordantes, con la sensación de haber entrado en una postal del pasado. Superado el trámite de la visita, la magia se rompe cuando un mercadillo de souvenirs made in China invade el resto de la isla. Por suerte, mientras esperamos por nuestro transporte, un helado —de pistacho, por supuesto— contemplando el paisaje más allá del lago, se convierte en uno de los mejores momentos del día.
Nos dejamos perder callejeando por el ambiente más local de la Isola dei Pescatori. Aquí sí, las tiendas de artesanía y los pequeños ristorantes de pasta y pescado rebosan el verdadero ambiente italiano. Los comerciantes no dejan de llamarnos a voces para invitarnos a entrar en sus establecimientos, pero una larga comida sin mirar el reloj es lo único que necesitamos.
En la terraza de la Trattoria Villa Toscanini encontramos lo que buscamos: una verdadera lasaña italiana, una parrillada de pescado del propio lago y varias copas de vino rosso de la región van cayendo mientras la orilla se agita con el vaivén de embarcaciones, convertidas en música de fondo.
Un altro gelato, per favore
Un último trayecto en barco nos lleva de regreso a Baveno. Algo perjudicado por el efecto de los caldos italianos, la imagen del lago con las islas de fondo y el viento de frente me introduce, por unos minutos, en una película de James Bond.
Ya en tierra, otro helado nos ayuda a terminar de recuperar el sentido. Resulta fascinante cómo, en pocos días, se puede conseguir el nivel de italiano suficiente para sobrevivir y mantener una conversación básica.
Sin darnos cuenta, el atardecer nos pilla sentados en el popular paseo junto a la vía del Sempione, donde la mitad de la población de Baveno se reúne para disfrutar de un paseo y un helado, charlar con sus vecinos o cenar en las concurridas terrazas con vistas al lago. Observamos que estamos totalmente integrados en la escena. Ya estamos medio italianizados. Aquí hemos encontrado simpleza, lentitud y despreocupación.
Nos despediremos de Italia con un viaje rápido de medio día a Milán, antes de tomar nuestro vuelo de vuelta a Tenerife. La gran capital de Lombardía nos recuerda que el final del verano está cerca. La conducción al límite para devolver nuestro coche de alquiler, las carreras para conseguir un asiento en el Trenord y la abarrotada plaza del Duomo nos devuelven a una realidad de la que habíamos escapado, aunque solo fuera por unos días. Canarias, en proporción a su superficie, no está menos masificada que Milán. Estamos listos para volver.

Italia, 2025







.com