Irlanda

Expuestos en los Acantilados de Moher

Irlanda

Llegamos al punto de salida del bus coach que contratamos para cruzar toda la isla de Irlanda desde Dublín hasta los Acantilados de Moher, y después hasta Galway, casi al límite para perderlo.

Tras apurar el desayuno en nuestro hotel de Talbot Street, salimos a paso ligero, casi al trote, hasta encontrar el primer giro en O’Connell y cruzar el famoso puente. Superamos la interminable curva del Bank of Ireland y llegamos a la estatua de Molly Malone un minuto tarde, a las 8:01, con el resto de pasajeros terminando de embarcar. No somos los únicos a los que miran de reojo mientras subimos a la guagua, puesto que otro pequeño grupo, también de españoles, irrumpe con la respiración cortada debido a la carrera que afrontaron para alcanzarnos.

La distancia será larga, 255 kilómetros hasta la primera parada en Moher, atravesando el país de este a oeste. El afable conductor no parece preocupado. Tras revisar nuestros tickets, nos da la bienvenida y nos señala los que serán nuestros asientos durante todo el día. Después de repetir el protocolo con el resto de los impuntuales, al fin, iniciamos la marcha.

La profundidad verde de Irlanda

Las calles de Dublín suelen verse interrumpidas por parcelas sin construir, ocupadas por la característica hierba verde que crece por todo el territorio irlandés. En los primeros compases de la marcha estas manchas aparecen diseminadas. En cuanto salimos de la ciudad se van haciendo cada vez más frecuentes hasta inundar todo el paisaje.

Según avanzamos parece que estamos cortando la isla por la mitad, como una manzana, mientras que el verde lo invade todo: los campos, las colinas e incluso los márgenes de la carretera. Por momentos sentimos que estamos sumergidos en un estanque, asediados por la lluvia que golpea los cristales haciéndonos ver desenfocado el fondo verde que nos rodea.

Con cierta frecuencia, el conductor interrumpe el silencio que predomina en el ambiente, comenzando siempre con la amable expresión “hey folks” para informar sobre el tiempo de viaje y contar algunas anécdotas. Algunas están relacionadas con la historia de las poblaciones que vamos dejando atrás. Otras, con la vida de las ovejas y las vacas que son la población mayoritaria del interior de Irlanda, en una clave de humor que podemos intuir sin llegar a comprender del todo. Así durante casi tres horas del tirón, llegamos a Moher en la costa oeste de Irlanda.

Caminamos por el territorio del Burren

Asomados al filo de los Acantilados de Moher

Cuando por fin podemos poner los pies en tierra, el chófer nos informa de la nueva hora de salida. Con una mirada cómplice parece advertirnos de que, esta vez, seamos puntuales. Nos apresuramos al interior del centro de visitantes solo para ir al baño, puesto que una masa humana inunda el recinto y, para nosotros, lo realmente interesante se encuentra en el exterior.

Iniciamos el recorrido que nos aproxima al sendero que bordea la costa desde lo alto de los acantilados. En estos primeros metros, todavía con el cuerpo desencajado, recuperamos los chubasqueros ante la amenaza de algunas gotas de lluvia. Según nos acercamos al límite de la cornisa, por donde transcurre el camino de Burren Way, el viento va ganando intensidad.

Los Acantilados de Moher a lo largo de la costa

Sin esperarlo, en pocos pasos nos encontramos asomados en el borde de los acantilados. Ante nosotros aparece un corte irregular del terreno que termina bajo nuestros pies, extendiéndose a lo largo de la costa hasta donde alcanza la vista. En este primer contacto, los sentidos se agudizan ante el sonido del mar abatiendo las rocas y el olor a maresía mezclado con la vegetación.

El lugar se muestra como un conjunto de capas superpuestas de piedra, amontonadas hasta alcanzar alturas de más de 120 metros. Una gran alfombra verde cubre la parte superior de los acantilados, formando el característico Burren predominante en esta zona. La cornisa termina repentinamente en el mar, que sigue erosionando y moldeando la roca abrupta, creando numerosos salientes que forman una sucesión de terrazas a lo largo de la pared. Resulta contradictorio observar cómo la destrucción causada por los elementos de la naturaleza es al mismo tiempo la fuente de creación del paisaje.

Es imposible no caer en la tentación de comparar este lugar con nuestros Acantilados de los Gigantes. Aunque Irlanda y Tenerife —una isla continental y otra volcánica— dibujan perfiles completamente diferentes, comparten el carácter del Atlántico. No comparten, sin embargo, la misma visión entre naturaleza y libertad. Aquí no hay barandillas ni grandes señalizaciones. No hay límites más allá del propio terreno y el paisaje se impone sin intermediarios. Mientras tanto, en Canarias vivimos sometidos a una sobreprotección del territorio que termina por llenar nuestros paisajes de hierro y hormigón.

De nuevo con todos los sentidos en Moher, la impresión de caminar a un paso del vacío, golpeados por el viento racheado y sin protecciones evidentes, crea cierta sensación de peligro. Sobre todo en puntos concretos donde se acumulan más personas, en estos cuellos de botella la exposición aumenta para esquivarnos unos a otros cuando no somos capaces de acordar cómo darnos paso. Llegamos a replantearnos si continuar, pero decidimos progresar y superados estos momentos críticos disfrutamos del paisaje en solitario, teniendo en cuenta que no todo el mundo está dispuesto a llegar más allá de las referencias turísticas.

Donde el sendero se vacía, más allá del flujo de gente, continuamos bordeando los acantilados hasta llegar a la Torre O’Brien. Mientras el viento nos hiela la cara en pleno verano, nos preguntamos cómo serán las condiciones aquí durante el invierno, incluso para los ocupantes de la solitaria torre. Sin embargo, la respuesta añade algo de decepción tras conocer que fue construida en 1835 únicamente con fines turísticos, sirviendo como mirador con vistas a las islas Aran para los visitantes que ya frecuentaban Moher en el siglo XIX. Todavía hoy, la torre permanece intacta y las vistas siguen captando nuestras miradas y nuestra curiosidad por la vida de quienes habitan el pequeño archipiélago.

Partida obligatoria

Pronto nuestro coach reiniciará la marcha, así que con tiempo suficiente esperamos a la hora señalada mientras tomamos un café en el centro de visitantes. El lugar adquiere un nuevo atractivo ya vacío de los turistas que abarrotaban las instalaciones hace unas horas y que ahora podemos ver a lo lejos, a través de las grandes cristaleras, dispersos como hormigas por el sendero de los acantilados.

Subimos a la guagua ante el gesto de aprobación del conductor por nuestra puntualidad. Haremos la próxima parada muy cerca para comer en el pequeño poblado de Doolin, antes de continuar el trayecto hasta Galway. Sin embargo, una parte de mí se quedaría en el borde de aquellos acantilados, entre la sensación de peligro y la necesidad de mantenerse absorbiendo el paisaje salvaje.

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