Regresé a Dublín por cuarta vez, casi veinte años después de mi último viaje. La ciudad parecía no haber cambiado nada. Grafton Street, St. Stephen’s Green, Temple Bar o Ha’penny Bridge seguían igual que siempre, como si el tiempo no hubiera pasado por estos lugares, del mismo modo que también permanecía el ambiente tan característico de Baile Átha Cliath y todo Éire. El aire irlandés todavía se respira en cada rincón.
Aterrizamos la noche anterior, tras un turbulento e incómodo vuelo de Ryanair entre East Midlands y Dublín. Así que, después de dormir muy poco, a primera hora de la mañana siguiente ya estábamos en la calle. Está lloviendo fuerte, así que nos vemos obligados a comprar chubasqueros para afrontar el día. Pero este aire irlandés no solo tiene que ver con un característico petricor, que aquí adquiere una peculiar intensidad por la sucesión constante de lluvias sobre mojado —encadenadas un día tras otro, incluso en el mes de agosto—, sino también con el olor a hierba que acompaña nuestro paso por los frecuentes espacios abiertos y terrenos despoblados dispersos por toda la ciudad, siempre cubiertos de esta vegetación que colorea toda la isla de verde. El aire también se va notando en los ceños fruncidos de los dublineses cuando nos ven caminar por las calles menos turísticas (y en apariencia menos seguras) de la ciudad. Es tan solo una percepción, puesto que somos nosotros los extraños en este entorno más que habitual para ellos. Por lo general, los irlandeses se muestran distantes y a la defensiva ante el primer contacto, pero se vuelven extremadamente amables según la conversación avanza, por lo que pronto terminamos integrándonos en su ambiente.
En estas primeras horas callejeando por Dublín no puedo evitar un vívido recuerdo de 1997, cuando siendo adolescente me perdí en el barrio de Ballinteer. Entonces me vi obligado a preguntar, con mi pobre inglés de entonces y el miedo autoinducido por la falsa creencia de encontrarme en un ambiente hostil, a la única persona que pasaba por allí en ese momento. Mi sorpresa fue gigantesca cuando mi pretendido interlocutor se alejó apresuradamente mientras exclamaba algo que sí entendí perfectamente:
— “Please, don’t do me anything!”
En Irlanda también sale el sol
Tras pasar la mañana a cubierto, alargando como pudimos nuestra estancia en Dublin Castle, la Christ Church Cathedral o la formidable biblioteca del Trinity College, donde intuimos que la lluvia ha cesado. El cambio de tiempo no llega de forma progresiva. Simplemente ocurre al advertir que las vidrieras se iluminan de repente y, con ellas, la certeza de que el sol ha salido.
Lo agradecemos, puesto que llevamos demasiado tiempo en el interior con la excusa de no mojarnos, igual que los demás turistas —entre ellos, muchos españoles y canarios como nosotros— que llenan la sala principal de la biblioteca en busca de un espacio que les permita contemplar el Libro de Kells o la esfera de Gaia, observados por los bustos de mármol de los grandes filósofos y escritores de la historia que reposan ante las altas estanterías de madera.
Salimos en busca de un restaurante en el que comer un buen Irish stew, el guiso de carne típico de Irlanda. La ciudad, ahora bien iluminada, se llena de reflejos en los charcos y en las fachadas de los edificios. De camino cruzamos el río Liffey por el O’Connell Bridge, donde el propio Daniel O’Connell preside la avenida junto al edificio de la General Post Office, aún marcado por los disparos, recordando que la historia reciente sigue presente en el carácter de los irlandeses.
Apuramos los guisos y continuamos la marcha. Siguiendo la orilla del Liffey a contracorriente y, tras cruzar el famoso Ha’penny Bridge, nos sumergimos en Temple Bar, el icónico barrio de Dublín que reúne a los amantes de la cerveza y la música en directo. Estos bares han visto nacer grandes bandas de música entre pintas de Guinness, donde U2, la más célebre de todas, se convierte en el modelo a seguir por los aspirantes que prueban suerte en los mismos escenarios. Entre las calles antiguas y estrechas de Temple Bar, la ciudad se transforma por completo. Los sobrios edificios victorianos dan paso a construcciones más irregulares, engalanadas con murales y grafitis que convierten las fachadas en una exposición de arte al aire libre.
No hace falta demasiado
Después de varias pintas escuchando una particular versión de Galway Girl (original de Ed Sheeran y, casualmente, nuestro destino del día siguiente) que dos jóvenes músicos interpretan ilusionados en la tarima de The Temple Bar —establecimiento que da nombre al barrio—, la música continúa mientras recorremos Grafton Street. Una de las imágenes más sobrecogedoras de la ciudad se nos presenta de forma casi visceral cuando, casi sin darnos cuenta, nos detenemos a observar cómo una pareja de indigentes baila completamente entregada al ritmo de las melodías gratuitas de los músicos callejeros, felices al menos por este breve momento, en el que no necesitan nada más. Son escenas como esta las que, estando lejos de casa, remueven algo que nos cambia al regresar (y en ocasiones, desencadenan terremotos).
El orden y la limpieza de St. Stephen’s Green contrasta con el revuelto de Temple Bar y Grafton Street. El parque es una burbuja de calma y tranquilidad dentro del bullicio de Dublín, donde podemos dar un largo paseo recorriendo la maraña de caminos que lo atraviesan. Resulta llamativo cómo unas pocas horas de sol en mitad de un día lluvioso bastan para que los dublineses se tumben en el césped de los parques para aprovechar hasta el último rayo, sobre todo teniendo en cuenta que desconocen cuándo volverán a disfrutarlo.
Aquí regresa otra anécdota a la memoria, puesto que St. Stephen’s Green fue, hace varias décadas, el lugar de difíciles digestiones. Un restaurante ya desaparecido llamado “La Pizza” ofrecía todos los jueves una promoción de pizza y agua ilimitadas por el pago de 10 libras, antes de la llegada del euro. Con este atractivo reclamo, los estudiantes acudíamos semanalmente para comer hasta reventar y practicar uno de nuestros primeros aprendizajes del idioma:
— “More pizza and more water, please.”
Sin embargo, ahora, a esta edad más avanzada, el disfrute consiste en alargar el tiempo que puede durar un paseo silencioso entre los árboles.
El aire irlandés perdura
Resulta casi incomprensible que, después de tanto tiempo, el aire irlandés se mantiene inalterado. Con los años he logrado definir esta atmósfera como un ambiente rudo que, al principio, puede generar tensión, pero termina por envolverte hasta mostrarte su lado más amable.
Este aire aún se respira en cada rincón, exactamente igual que antes. Parece que los irlandeses no están dispuestos a cambiar aquello que tanto les ha costado conseguir. Nosotros lo aspiramos con calma, mientras se nos pasa la tontería causada por las pintas de Guinness, sentados en las escaleras de una de las llamativas puertas de colores que caracterizan a las viviendas que rodean St. Stephen’s Green.
En silencio, vemos cómo el atardecer avanza sobre Dublín. Ni siquiera recordamos que, en este momento, deberíamos estar preparándonos para mañana atravesar toda Irlanda hasta llegar a la costa opuesta. Allí nos esperan los salvajes Acantilados de Moher y la ciudad de Galway.












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