Venimos cruzando Irlanda de oeste a este, partiendo desde Dublín a primera hora de la mañana, hasta llegar a la ciudad de Galway al comienzo de la tarde. El trayecto ha sido largo, pero muy provechoso en memorias viajeras, transcurriendo entre los comentarios del conductor de nuestro bus coach, cargados de un humor peculiar que ameniza la marcha entre las paradas del recorrido.
Tras pasar la mañana en los Acantilados de Moher, donde la exposición al viento parecía empujarnos al Atlántico, hacemos la parada programada para el almuerzo en el poblado de Doolin. Mientras todo el pasaje se lanza en busca de los restaurantes de marisco, muy populares en estas costas, observamos al conductor saludando con familiaridad al personal de un pequeño local en el que termina entrando alegremente. Decidimos seguir sus pasos, puesto que posiblemente sea una de las personas que mejor conoce esta ruta, por lo que no parece susceptible de caer en los engaños de los menús para guiris.
No nos equivocamos. La mirada cómplice que nos dedica el conductor entre la intensa conversación en gaélico que mantiene con el que parece el dueño nos da la razón. El delicioso Irish stew que devoramos con avidez confirmó nuestra buena intuición. Como canarios sabemos distinguir los falsos restaurantes típicos para turistas de las auténticas casas de comida local.
Moralmente satisfechos y con los estómagos saciados, tenemos tiempo para dar un paseo por el paisaje del Burren, un territorio de piedra caliza resquebrajada, donde la hierba se abre paso entre las grietas. El contraste de formas y colores en el entorno castigado por la exposición a los elementos crea un lugar puro y genuino. Aquí la construcción de la naturaleza parece imitar al ser humano —aunque, en realidad, ocurre justo lo contrario— creando suelos y paredes que se alinean y encajan a la perfección.
El corto paseo nos ha servido para bajar la comida. Aunque me hubiera quedado más tiempo descubriendo nuevos rincones del Burren, a la hora acordada regresamos a nuestro coach. Una hora más tarde y después de algo más de 330 kilómetros acumulados desde que salimos de Dublín, llegamos a Galway.
Galway no era lo que esperábamos
Realmente no esperábamos nada. Contratamos el servicio de guagua para transportarnos hasta Moher y la región del Burren. Galway estaba en el paquete, así que lo aceptamos sin más. Tampoco me había documentado con la exhaustividad habitual, teniendo en cuenta que las ciudades no me causan tanta motivación como la naturaleza. Quizá por este motivo siempre terminan apareciendo hallazgos inesperados en otras ciudades que nunca fueron el motivo principal del viaje, como ocurrió en Oslo, en Reikiavik o en Cefalú, entre otras ciudades que, sin avisar, dejan una huella en la memoria.
Nos apeamos en los muelles de Galway, en Dock Road. Tenemos por delante tres horas y ningún plan. La tarde de agosto es fría y primero nos proponemos encontrar una cafetería donde calentarnos y pensar nuestros próximos pasos. No tenemos prisa por terminar los capuchinos hirviendo cubiertos de espuma, pero tampoco por leer artículos de blog de viajes sobre “10 cosas obligatorias que ver en Galway”. Así que nos lo tomamos con calma.
Decidimos estirar las piernas recorriendo Dock Street hacia la costa y rodear la manzana por The Long Walk. Por ahora la ciudad nos parece moderna, limpia y silenciosa. Estamos prácticamente solos y en silencio en la desembocadura del río Corrib, solo interrumpidos por los barcos que cubren la ruta con las islas Aran.
Deambulamos hasta perder el rastro de nuestros pasos y al doblar una esquina aparece otro Galway, el que no esperábamos. Y de repente, todo cambia. Ahora las viejas calles empedradas enseñan el carácter histórico de la ciudad con ocho siglos de antigüedad. El ambiente festivo que se respira es casi medieval. La ambientación con banderas que cruzan las calles y la heráldica de los símbolos que se exhiben con orgullo desde las casas de piedra nos transportan a otra época. Solo el contraste con los comercios modernos y la cantidad de turistas que abarrotan el casco histórico nos devuelven al presente.
Nos queda poco tiempo. No sabemos cómo hemos llegado hasta aquí ni cómo regresar al punto de salida. Así que simplemente nos dejamos llevar por el ambiente de la ciudad y observamos todo aquello que se nos presenta en el paseo que, sin ninguna expectativa, terminó siendo una de las vivencias más recordadas del viaje a Irlanda.
He vivido esto demasiadas veces, tanto en los viajes como en otras dimensiones de la vida: lo mejor ocurre en el momento y el lugar menos esperado.
El fatigoso trayecto de regreso a Dublín
Entre Dock Road en Galway y la estatua de Molly Malone en Dublín, punto de salida y llegada del itinerario, hay 220 kilómetros de carretera. El silencio se adueña del interior del bus coach. Tanto nosotros como el resto de viajeros estamos cansados.
También es evidente que nuestro conductor, quien se mostraba tan animado durante el trayecto de ida, ha reducido las irónicas intervenciones a través de la megafonía, que siempre arrancaban con la expresión “hey folks…”. Mientras que por la mañana comentaba la historia de los pueblos que íbamos dejando atrás y las curiosidades de la vida de las vacas y las ovejas que representan la mayoría poblacional del interior de Irlanda (por supuesto, con un humor que creemos intuir), apenas interviene según avanza la tarde.
Elogiamos la capacidad de aguante del chófer, puesto que igual que en la ida, realiza todo el recorrido del tirón. Al menos hasta encontrarnos a pocos kilómetros de la entrada a Dublín. Es entonces cuando su voz vuelve a irrumpir, esta vez para sorprendernos con un anuncio desconcertante.
— “Hey folks, I need to stop.”
Con transparencia y sin adornos, a través del micrófono nos explica que necesita realizar una parada de 10 minutos para descansar, disculpándose por el posible retraso en la hora de llegada. Tras salir de la autopista en el área de servicio más próxima, vemos cómo saca un refresco de la máquina expendedora y se lo bebe, sentado en el bordillo, con una tranquilidad envidiable. El hombre, que había aguantado el tipo durante todo el día, se rindió a menos de 15 kilómetros del final del trayecto. Sentados en el bordillo contrario, entre nosotros comentamos lo irónico de la situación.
El mensaje entre líneas parece claro: como todo en la vida, de nada sirve entregarse por completo si te quedas sin energía en el sprint final. Aunque, a día de hoy, yo mismo sigo cayendo en la misma trampa.
Por fin, al atardecer llegamos a Dublín. Tras despedirnos del conductor, quien ya es todo un personaje de nuestro viaje y se deshace en agradecimientos por escoger sus servicios, regresamos al hotel a pie.
Por el camino, mientras se encienden las luces de las calles, tenemos la sensación de haber acumulado el aprendizaje de varias semanas en un solo día.
No sabemos qué haremos mañana, el último día que estaremos en Irlanda, ni lo hemos pensado más allá que deambular y dar tumbos por la ciudad. Solo sabemos que, si no esperamos nada, lo mejor estará por llegar.









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