Suiza

Persiguiendo una montaña soñada

Suiza

Amanece en Zermatt. El valle de Mattertal, encajado entre los Alpes, se despierta en una luminosa mañana de agosto, fresca pero despejada. Solo una nube irrumpe en el paisaje: la conocida como nube del Matterhorn. Nuestra montaña soñada permanece tapada desde que llegamos y la previsión es que se mantenga así durante los próximos días. Nosotros nos resistimos a creerlo. No hemos llegado hasta aquí, después de un viaje tan largo, para renunciar a contemplar la cima de la montaña de las montañas.

Convencidos de que la naturaleza siempre termina mostrándonos su mejor cara, salimos al encuentro del Cervino. El plan es sencillo. Si la montaña no viene a nosotros, iremos a ella. Ascenderemos en tren hasta Gornergrat —a 3.135 metros de altitud— para descender a pie mientras rodeamos la cara este del Matterhorn en busca de una vista despejada.

Un tren hacia el corazón de los Alpes

Somos los primeros en llegar al desayuno del hotel, donde amortizamos el servicio de buffet libre antes de tomar uno de los primeros trenes de la mañana. También elaboramos unos sándwiches a escondidas que nos servirían de almuerzo en la montaña, intentando minimizar el ruinoso coste de nuestros días en Suiza.

Pese a su precio disparatado, el Gornergrat Bahn sale de Zermatt completamente lleno. Tenemos que viajar en asientos separados, de modo que, al menos durante los primeros minutos, puedo aprovechar la marcha lenta del tren para ir ordenando los mapas y las anotaciones sueltas del plan del día en mi teléfono móvil. Iniciamos la marcha siguiendo el cauce del río Matter Vispa y pronto comenzamos a ganar altura. Justo antes de la primera parada en Findelbach parece que sobrevolamos Zermatt mientras nos internamos en el bosque. El tren aminora la velocidad hasta casi detenerse cuando la pendiente se inclina demasiado, pero en pocos kilómetros, una vez superada la estación de Riffelalp, desaparecen los árboles y se abre ante nosotros la alta montaña alpina.

En el tren Gornergrat Bahn

La cima del Monte Cervino acapara todas las miradas de nuestro vagón. Intento capturar la escena del traqueteo del tren recorriendo el paisaje alpino, dominado por un Matterhorn que se intuye detrás de las nubes, en una fotografía imposible entre la gente. Será mejor guardar la cámara y limitarse a mirar.

Durante el avance, no han pasado desapercibidas las continuadas obras que, a lo largo del recorrido, evidencian las consecuencias de la presión turística sobre este territorio convertido en gran resort de montaña. Por desgracia, los canarios conocemos demasiado bien cuál será el resultado para la región en los próximos años.

Dos estaciones y varias obras más cuesta arriba, casi sin darnos cuenta, llegamos a Gornergrat.

Un paisaje inesperado

Entre la estación de tren de Gornergrat y la cima, separadas por el espectacular edificio del observatorio astronómico y el Kulmhotel, un corto paseo nos sitúa de golpe en la inmensidad del territorio. A un lado, el macizo del Monte Rosa. Al otro lado, el glaciar de Gorner y las cimas bien reconocibles del monte Liskamm, el Breithorn y la supuesta posición del oculto Matterhorn. Hacia el frente, el camino de regreso a Zermatt.

Es temprano y no tenemos prisa. En lo más alto de la cresta de Gornergrat permanecemos sentados sobre una piedra, ajenos al paso del tiempo, con los pies suspendidos sobre el vacío que lleva de golpe hasta el glaciar. El juego de nubes que van y vienen bajando de las montañas es lo único que rompe la quietud del paisaje mientras esperamos que algún claro amplíe el alcance de nuestra vista.

Hace frío. Dos tazas de chocolate en la terraza del hotel nos calentarán antes de iniciar el descenso. Aunque tenemos dudas ante la niebla que se forma por momentos, sabemos que debemos esperar porque las condiciones cambian rápidamente en la alta montaña.

Con el avance de la mañana, el sol calienta y se reduce la nubosidad, así que por fin decidimos iniciar la marcha a pie. Durante las horas que hemos estado en Gornergrat han llegado más trenes llenos de turistas, que debemos sortear hasta encontrar el acceso al sendero de bajada. Por fin lo encontramos y, entre todas las señales que se cruzan en este punto, no pasamos por alto algunos nombres, como el mítico refugio del Monte Rosa, al que por un instante nos imaginamos llegando después de varios días de travesía. Sin embargo, hoy venimos preparados para una ruta mucho más sencilla, en otra dirección que identificamos rápidamente: el lago Riffelsee.

Los primeros metros del sendero transcurren con tranquilidad. Nada más abandonar los alrededores del complejo turístico, el número de personas se reduce drásticamente. Esto nos da la tranquilidad y el silencio que necesitamos para disfrutar del paisaje que, ahora sí, termina de abrirse ante nosotros. Pronto nos encontramos solos y no podemos evitar alongarnos a los salientes de la arista por la que transitamos, donde la magnitud de los Alpes irrumpe súbitamente. Solo el abismo se interpone entre nosotros y las cumbres que tenemos delante. Entre el relieve de las montañas, las lenguas del glaciar se retuercen en busca de una sombra para sobrevivir al paso firme del deshielo, que también se manifiesta con una crudeza más que evidente.

Una parada tras otra, avanzamos lentamente y sin mirar el reloj hasta que, sin esperarlo, nos encontramos de frente con nuestro objetivo. Aparece el buscado Cervino, ahora cubierto solo a medias.

El reflejo del Matterhorn

Llegamos al lago Riffelsee para comer junto al popular reflejo del Matterhorn, inmortalizado en las típicas postales suizas. Aquí se han acumulado todas las personas que han ido descendiendo el sendero a cuentagotas, sentadas en torno al lago, formando sin querer un anfiteatro hacia la montaña.

Entre que el Cervino sigue sin mostrarse plenamente y que el agua, agitada por la brisa racheada, no se mantiene en calma, ante el frustrado reflejo nuestros sándwiches clandestinos saben a gloria. El paisaje no deja de ser sobrecogedor, al mismo tiempo que nos envuelve el encanto de formar parte de la reunión espontánea de desconocidos que, cada uno a nuestra manera, rendimos culto a la montaña.

La nube del Matterhorn juega con nosotros. Cuando creemos que está desapareciendo, un nuevo giro de viento mantiene su desarrollo. Nosotros caemos una y otra vez, sin perder la ilusión, hasta terminar el almuerzo. Observamos cómo, a partir de aquí, la mayoría de las personas congregadas toman el tren de vuelta a Zermatt en la estación de Rotenboden. Nosotros seguimos el plan inicial y continuamos el descenso a pie.

El terreno se suaviza según perdemos altura. La roca afilada va dando paso a la suave pradera alpina. Pasamos de salvar fuertes desniveles de piedra entre cañones y glaciares a caminar por un cómodo sendero entre la hierba que cubre todo el entorno de verde. Al fondo, esa dichosa nube que rodea al Matterhorn sigue jugando con nosotros, haciéndonos parar entre los constantes amagos de despejarse.

Solo tras llegar a la estación de Riffelberg nos damos cuenta del enorme retraso que hemos acumulado durante el día. Ya es media tarde y calculamos que la noche nos puede alcanzar mientras atravesamos el bosque durante la parte final del descenso, así decidimos tomar aquí el tren de regreso a Zermatt. No es ningún fracaso. Hemos disfrutado y absorbido el territorio sin estar pendientes del reloj como no hacíamos en mucho tiempo, algo especialmente valioso para dos profesores después de un curso académico bien agitado. Tampoco ganaremos nada por empeñarnos en completar la ruta menos épica de los Alpes en un entorno que desconocemos por completo, sobre todo cuando nos espera un buen baño caliente en el spa del hotel.

Esperando a la montaña de las montañas

Pese a la retirada, nuestra obsesión por la cima del Matterhorn no desaparece. No apartamos la mirada de la montaña, que desde los ventanales del tren parece girar sobre sí misma mientras la nubosidad nos engaña una y otra vez. Es evidente que aquí somos nosotros los guiris, nuevos e ilusos sobre el terreno de los Alpes, esperando que suceda algo que parece imposible.

Nos queda otro día más de estancia en Zermatt. Esperamos que, en cualquier momento y contra el infalible pronóstico suizo del tiempo, la montaña de las montañas se destape por completo para nosotros. Mañana lo seguiremos intentando. Sabemos que la naturaleza siempre terminará mostrándonos su mejor cara, aunque no sea la que nosotros esperamos.

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