Reflexiones

Móviles y tiempos fugaces

Reflexiones

Cada vez con mayor frecuencia, estando de viaje, me quedo observando a personas desconocidas atrapadas en las pantallas de sus teléfonos móviles. En trenes, en miradores, en cafeterías o en plazas, mientras la vida del entorno sigue avanzando, y en ocasiones incluso me descubro a mí mismo perdido en el scroll.

Resulta llamativo cómo una poderosa herramienta que ya es indispensable para la organización y el transcurso de los viajes, también se ha convertido en un ladrón silencioso. Porque si el teléfono móvil facilita el desplazamiento, la orientación o la comunicación, también introduce una distancia casi imperceptible con los lugares por los que pasamos.

Y es que no hace tanto, viajar implicaba desenvolverse diferente, de manera más lenta e incierta y, quizás por ello, también más interesante.

Capacidades que aumentan y disminuyen

Por supuesto, la tecnología es muy interesante y la telefonía móvil ofrece posibilidades casi infinitas. Sin embargo, también nos hace olvidar otra manera de viajar más clásica, que nos exigía realizar el trabajo intelectual de consultar mapas en papel, preguntar, memorizar direcciones y, sobre todo, perderse. Esta fórmula, más lenta sin duda, se convertía en una experiencia memorable, mientras que ahora intentamos concentrar el viaje arrastrados por las velocidades, cada vez más excesivas, de esta nueva era en la que prima la cantidad de lugares sobre la calidad de los momentos en ellos.

Nunca olvidaré una tarde de julio de 1997, en la que siendo adolescente y sin que la telefonía móvil hubiera llegado a nuestras manos, me perdí en el barrio de Ballinteer, en Dublín. Así que me vi obligado a preguntar, con mi pobre inglés de entonces y el miedo autoinducido bajo la falsa creencia de encontrarme en un ambiente hostil, a la única persona que pasaba por la calle en ese momento. Mi sorpresa fue gigantesca cuando mi pretendido interlocutor se alejó a toda prisa exclamando algo que entendí perfectamente como “please, don’t do me anything!”

Tampoco olvidaré cómo, en un reciente viaje a los Alpes suizos, la mayoría de los ocupantes de nuestro vagón del tren Gornergrat Bahn se perdían las impresionantes vistas del Matterhorn y el avance por el paisaje de este excepcional entorno con las miradas fijas en sus teléfonos móviles.

En el tren Gornergrat Bahn
Yo mismo, en el Gornergrat Bahn.

Viajar antes de los teléfonos móviles

Antes de la llegada de los teléfonos móviles nos buscábamos mejor la vida. Utilizábamos las herramientas tradicionales a nuestro alcance como guías de viaje, mapas en papel, diccionarios de idiomas y, por supuesto, el cerebro humano. Incluso todavía recuerdo cómo preparé mi primer viaje a Berlín imprimiéndome los mapas de Google, subrayándolos y memorizando los cambios de dirección que necesitaba tomar en cada esquina (y la cantidad de taxis que tomé todas las veces que me perdí).

En aquellos tiempos era necesario esperar a llegar un lugar con wifi para subir una fotografía a Instagram, encontrando la excusa perfecta para tomar algo caliente en una cafetería local e integrarse en el ambiente de la ciudad.

Fotografía de Berlín tomada en diciembre de 2014, subida a Instagram en enero de 2025.

Incluso antes todavía, el tiempo de los trayectos, planificados o no, se pasaba leyendo, escribiendo, dibujando o, simplemente, mirando por la ventana. El contacto con la familia debía esperar a una llamada desde una cabina telefónica, y hasta era necesario esperar al regreso a casa para revelar los carretes de fotos y poder ver las instantáneas del viaje.

Es inevitable aceptar que en estos nuevos tiempos viajamos diferente. Para mí, los viejos métodos enriquecían el tiempo, la experiencia y el aprendizaje del viaje, priorizando la frugalidad sin estar pendientes de nada más. Corresponde a cada persona juzgar si ahora lo hacemos mejor o peor que antes, o simplemente reconocer cuánto del viaje seguimos viviendo realmente.

Santa Cuz de Tenerife, 2026

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