Llevábamos aquí solo tres días y ya habíamos acumulado las vivencias de un año entero. El contraste entre dos maneras tan diferentes de vivir y gestionar dos territorios sorprendentemente tan parecidos como Islandia y mis Canarias, la progresiva desaparición de la dimensión humana en el paisaje y la necesidad, cada vez mayor, de procesar todo lo que estaba viendo, bombardeaban los cimientos de mi pensamiento. Sin ser consciente todavía, en mi interior se había abierto una grieta que iría creciendo a medida que avanzaban los kilómetros por la infinita costa sur de Islandia.
La tercera mañana del viaje, vuelve a amanecer temprano después de empatar con el sol de medianoche en “el contenedor” de Þorlákshöfn. El día será muy largo. Tenemos el ambicioso plan de llegar hoy mismo hasta Höfn, a 430 kilómetros de distancia, con demasiadas paradas por el camino, todas imprescindibles. Así que después de un buen tanganazo de café, cargados de optimismo y un exceso de ignorancia sobre la verdadera magnitud de las distancias fuera de la reducida escala de Tenerife, armamos de nuevo el Tetris del Suzuki Vitara.
Nos despedimos del original cottage que nos ha servido como refugio, aunque solo fuera para dormir. Tras una breve pausa en la población de Selfoss para repostar gasolina y cafeína, tomamos la Ring Road y ponemos el rumbo fijo hacia el este.
Que hable la naturaleza
En cuanto dejamos atrás el reducto de civilización que se concentra en la pequeña localidad, mientras profundizamos en un territorio cada vez más deshabitado, solo podemos hacer una cosa: dejar que hable la naturaleza. No necesitamos música ni conversación. Simplemente observar el paisaje que se abre en el horizonte y nada más, es todo lo que necesitamos hasta llegar a la primera parada del día en Seljalandsfoss.
Ya había quedado impresionado por el rugido de las cascadas de Islandia, especialmente por el estruendo de Gullfoss. Sin embargo, nunca imaginé encontrarme tan cerca, ni mucho menos terminar entrando en una de ellas. Por aquel entonces no planificaba ni documentaba los viajes tanto como ahora, de modo que podía sorprenderme con mayor facilidad. Seljalandsfoss aparece con elegancia, como una cortina de agua que cae despacio mientras deja entrever su interior. Su movimiento es casi hipnótico, manteniéndome abducido observando durante el tiempo suficiente para encontrar un patrón, casi mecánico, en la frecuencia con la que oscila la caída.
Desde la cueva del interior de la cascada, la perspectiva ofrece una visión muy diferente del mundo exterior, translúcido detrás de la cortina. Sin saber por qué, percibimos que el resto de visitantes nos observan fijamente. Rápidamente nos damos cuenta de que circulamos en el sentido contrario al que marcan las señales, que habíamos pasado inadvertidas, en parte por su buen camuflaje. Habíamos accedido por la supuesta salida y estorbábamos al resto de personas que hacían el recorrido de manera correcta. De todas maneras, entrada y salida, izquierda y derecha son términos que la naturaleza no entiende.
Maravillados por la experiencia, ahora que nos fijamos con más cuidado, vemos un pequeño cartel de madera, casi ilegible, indicando el nombre de Gljúfrafoss. No sabemos qué es, pero la curiosidad nos lleva a seguir la dirección señalada por un pequeño camino, oculto por la hierba, que termina en una enorme grieta vertical, cortando la pared por la salida de un riachuelo. Parece que la abertura es la continuación del camino. Hay que entrar.
Avanzamos por el estrecho cañón colocando pies donde podíamos, con el objetivo de no terminar metiéndolos en el agua, hasta que de pronto el pasillo de roca se ensancha indicando el final del camino. Otra cascada se precipita frente a nosotros por el anfiteatro de piedra, cuyas enormes paredes dejan ver la entrada de la luz del sol fundida con el agua desde lo más alto. En el medio, un enorme bloque de roca sobre el que subirnos para llegar casi debajo del chorro. El sonido del agua retumba con el eco de las paredes y rebota en el interior de toda la cavidad, creando un ruido ensordecedor que no nos deja escuchar nuestras propias voces. No obstante, no había nada más que decir, ni tampoco que escuchar. No en ese momento.
De nuevo en la carretera, las islas Vestmann y el océano Atlántico nos acompañaban por nuestra derecha. Por la izquierda, el relieve del paisaje, tímidamente montañoso, iba creando un cuadro en el que se fundían los colores de la roca volcánica y la vegetación de musgos, líquenes y hierba. En pocos kilómetros llegábamos a Skógafoss.
En este punto del viaje, la repetición me fue llevando a pensar que la terminación foss, en islandés, debe estar relacionada con las cascadas, algo que logré confirmar gracias a una de las guías de viaje que dejamos siempre tiradas por los sillones del coche. Aprovechando la consulta, también pude aprender el significado de las terminaciones vatn, fjara, jökull, ness, kirkja, höfn o vegur. A partir de ese momento, interpretar los mapas, el territorio y la correlación entre ellos sería mucho más sencillo.
Al final de la explanada del aparcamiento, prácticamente vacía, una tienda de campaña con la puerta orientada hacia la cascada me pareció, hasta ese momento, el alojamiento con las mejores vistas de todo el viaje. La sensación de austeridad y libertad de sus ocupantes me provocaba cierta envidia sana, recordándome la fuerte atracción hacia lo más simple que, todavía, no era capaz de practicar.
Skógafoss representa el ideal de cascada del imaginario humano a la perfección. El agua desciende con fuerza bruta pero con simetría y armonía. El fuerte ruido, que invade todo el ambiente, incluso tiene algo de musicalidad. La impresión aumenta después de subir hasta lo más alto por una empinada escalera de hierro. Desde arriba, contemplamos un punto de vista completamente diferente de la caída del río Skógá, mientras la visión de todo el paisaje revela un territorio infinito que, por primera vez, parece imposible de abarcar.
Una erupción efímera
Los kilómetros se iban notando. En la siguiente parada, en el estacionamiento de la playa de Solheimafjara, preparamos un café de Jetboil con galletas. El improvisado tentempié, que tras el maletero del coche parecía más bien un botellón, consiguió revivirnos a mediodía. Observando el paisaje, el lejano glaciar Mýrdalsjökull coronaba el volcán Katla, aparentemente dormido bajo el hielo.
Tuve que parpadear varias veces para asegurarme de lo que estaba viendo. Sobre la cumbre apareció una tenue columna de humo tan discreta que, de no haber estado mirando en ese instante, habría pasado desapercibida. Ya había leído sobre las erupciones subglaciales, frecuentes en Islandia, responsables del color negro de las estrías del hielo glaciar. Por suerte, tenía la cámara de fotos justo al lado y pude capturarlo en el momento. Transcurridos unos segundos, en tan poco tiempo la nube casi se había desvanecido, de modo que no conseguiría que mis compañeros me hicieran demasiado caso.

—Puede ser —concluyeron tras mostrarles con insistencia la imagen en el visor de la cámara, posiblemente sin llegar a creerlo, para lograr que me callase.
Decidí olvidarme del tema por un rato mientras caminábamos hacia los restos de un avión estrellado cerca de la playa, un Douglas DC-3 del ejército estadounidense que se vio obligado a aterrizar de emergencia en los años 70. Por la pista de tierra, la desolación del paisaje, desierto en todas direcciones, nos devolvía la sensación de vulnerabilidad. Íbamos en silencio, concentrados en ver aparecer la aeronave entre las pequeñas dunas que nos rodeaban, hasta que la guagua para turistas del servicio de transporte al plane wreck pasó por nuestro lado a toda velocidad, cubriéndonos de polvo. Nosotros decidimos hacer los cinco kilómetros de ida y vuelta a pie. Queríamos ahorrarnos el precio abusivo del trayecto, además de disfrutar de la inmersión en el paisaje.
En el punto marcado en el mapa estaba lo que quedaba del avión, o mejor dicho su esqueleto, que todavía descansa solitario en mitad de la nada. Cuántas nevadas, cuántas auroras boreales y cuántas erupciones habrá visto el viejo Douglas desde este lugar tan privilegiado.
De regreso, ya en el coche, deliberadamente elijo ser copiloto para buscar en Google algo que me lleva rondando la cabeza durante las últimas horas. Efectivamente, habíamos visto en directo una nube de ceniza producida por la actividad volcánica subglacial. Ya no había ninguna duda, al menos para mí.
Del mismo océano
Muy cerca, el faro de Dyrhólaey está construido sobre el promontorio de piedra del Cabo Portland, que separa las playas de Dyrhólafjara —conocida como la playa sin fin— y Reynisfjara, quizá la más popular entre los viajeros de fotografía. Estas costas de arena negra volcánica nos resultan muy familiares. Al fin y al cabo, mirando hacia el horizonte en línea recta, a miles de kilómetros de aquí están nuestras islas Canarias, bañadas por el mismo Atlántico.

Solamente nos detenemos un instante, justo para asomarnos al acantilado y admirar la playa, de la que no podemos ver su final, entremezclada con la lluvia que viene hacia nosotros. El tiempo se estaba virando y el viento comenzaba a soplar con mucha fuerza. Además, teníamos un hambre acumulada que se juntaba con el cansancio. El plan previsto era hacer una parada más larga en Vík para comer y descansar bien, llenar el tanque del Vitara de gasolina y seguir hasta Höfn.
Sin embargo, sin saber lo que nos esperaba, en este punto no habíamos ni comenzado a comprender las consecuencias de nuestra inocencia. Otro largo viaje estaba a punto de comenzar cuando, todavía, nos encontrábamos a mitad del camino.
Ísland, 2019-2022











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