Viajé a Islandia por primera vez en el verano de 2019. Llevaba varios años buscando esta oportunidad, prácticamente durante toda mi vida laboral, hasta que por fin pude contar con el tiempo, el dinero y, lo más importante, la compañía adecuada.
Aunque sin ninguna duda, para nosotros se trataba de un gran viaje: largo, lejano y cargado de la emoción por presenciar paisajes que solo habíamos visto a través de documentales, esta es la historia de un viaje corriente. Quizá se trate del mismo viaje que realizan otros cientos de miles de turistas cada año. Sin embargo, para mí comenzaría aquí otro viaje interior, del que no tendría billete de vuelta, con consecuencias devastadoras. Con total seguridad, no estaría hoy aquí, escribiendo estas memorias, si no hubiera viajado nunca a Islandia. Comencemos por el principio.
Por aquel entonces, el país no parecía mostrar el mínimo interés por el turismo de masas. Viajar a Islandia, y sobre todo recorrerla, no era tan sencillo como ahora, de modo que asumimos con mucho gusto y algo de incertidumbre el propósito de dar la vuelta a toda la isla. Y de hecho, llegar no fue sencillo. Aterrizamos en el aeropuerto de Keflavík de madrugada, después de dos incómodos vuelos desde Tenerife Norte, con escala en Madrid, de la compañía Iberia. La aerolínea islandesa Wow Air había quebrado unos meses antes y nos vimos obligados a comprar nuevos billetes de avión, esta vez más caros y más largos.
Tras cruzar la puerta de la terminal de llegadas del aeropuerto, inmediatamente cambiamos el chip: ya estábamos en Islandia y ningún otro contratiempo podía impedirlo. Con aires de celebración, al menos dentro de lo posible a estas horas, decidimos coger un taxi para ir directos al hotel y descansar unas pocas horas antes de recoger nuestro coche de alquiler a la mañana siguiente.
Road trip alrededor de Islandia
Apenas había dormido alguna hora suelta con el impulso de mirar por la ventana, vigilando por si apareciese la aurora boreal, aún sabiendo que en pleno mes de agosto resulta extremadamente improbable. Por ello, bien temprano, regresamos al aeropuerto aprovechando el servicio gratuito de guaguas de Keflavík.
En pocos minutos tenemos las llaves de nuestro vehículo para las próximas semanas, un rudo pero práctico Suzuki Vitara 4×4 de la compañía Blue Car Rental. Escogimos esta empresa local por la confianza que nos transmitieron sus similitudes con la canaria Cicar. Aquí y allí todo es muy simple: sin fianzas ni cargos ocultos, simplemente conducir y devolver el depósito de la gasolina lleno, sin pasar por las engorrosas condiciones de las agencias multinacionales.
Tras superar la primera partida de Tetris que supone encajar cuatro maletas medianas en el maletero del coche, arrancamos. Sabemos que no tardaremos en hacer la primera parada, puesto que todavía debemos desayunar y abastecernos de suministros en el supermercado, antes de comenzar oficialmente el viaje por carretera.
Desde el primer momento, la sencillez del estilo nórdico lo invadía todo: la sobriedad de las edificaciones que no destacan en el paisaje, los logotipos discretos en las fachadas, la austeridad a la hora de presentar los productos en el supermercado o el afán de los islandeses por ser tan poco serviles como eficientemente prácticos, eran señales que bombardeaban mi subconsciente y chocaban frontalmente contra las ideas que, hasta ahora, habían formado una parte importante de mi pensamiento. Sobre todo con respecto a dimensiones tan diferentes como la gestión del territorio, que siempre me ha fascinado desde el punto de vista geográfico, o la relación entre el trabajo y la vida personal, que por aquel entonces ocupaba la mayor parte de mi desequilibrio mental. Instantáneamente comprendí que Canarias e Islandia, a pesar de compartir características geográficas evidentes, habían construido modelos de desarrollo completamente opuestos.
Completamos el Tetris empotrando la compra entre las maletas y las cuatro personas que viajamos en el Vitara, que milagrosamente parece ampliar su chasis por la presión. Un poco de leche, café, agua, galletas, pan de molde y embutidos serán suficientes para los próximos dos o tres días. Estamos listos.
El plan es recorrer toda la Ruta 1, conocida como la Ring Road, que rodea toda Islandia. Aunque no nos conformaríamos con seguirla durante kilómetros y ya está. Preferimos abandonarla una y otra vez para conducir por las entrañas de la isla, tomando carreteras secundarias, pistas de tierra y desvíos improvisados que nos obliguen a utilizar toda nuestra capacidad de orientación y resistencia, volviendo a la Hringvegur una y otra vez hasta completar el círculo en el mismo punto de partida, en Keflavík.
Una fisura en el valle del rift
Vamos abandonando la península de Reykjanes con destino hacia Þingvellir mientras el paisaje se vuelve cada vez más deshabitado. A mitad de camino, ya fuera de la civilización, lo que nos pareció un enorme lago sería la parada perfecta para un breve descanso. Emocionados y al mismo tiempo ignorantes de una geografía que todavía desconocemos, preparamos café y disfrutamos de una larga sesión de fotos. Pronto comprenderíamos, con una gracia que todavía hoy recordamos en nuestras conversaciones, que aquel lago que nos impresionó tanto debió ser el más pequeño con el que nos toparíamos en el viaje.
Llegamos a Þingvellir a media mañana. Es el primer lugar donde vemos una mayor cantidad de turistas concentrados en el aparcamiento, aunque luego parecen desaparecer tras disolverse en la inmensidad. El motivo es que nos encontramos en plena dorsal mesoatlántica, justo entre las placas tectónicas de Norteamérica y Eurasia, donde nos introducimos a través de la fisura de Almannagjá.
Casi engañados por el juego de la atracción turística, el corto recorrido señalizado que conduce por el estrecho cañón invita a pensar que podemos tocar los dos continentes a cada lado. Sabemos que nos encontramos en el interior de una red de fisuras mucho más compleja, de la que tomamos verdadera conciencia tras salir al espacio abierto y divisar la pared europea en el otro extremo, a varios kilómetros de distancia.
Justo aquí se encuentra, el lugar que ocupó el Althing, considerado el parlamento más antiguo del mundo, fundado en el año 930 d.C. por los vikingos. Hoy, la bandera de Islandia ocupa el lugar. En algún momento llegué a preguntarme si, con sus conocimientos primitivos del funcionamiento del planeta, los primeros pobladores de esta tierra escogieron esta ubicación, siendo conscientes del verdadero significado del paisaje que se transformaba por la tectónica, o utilizando algún otro lenguaje no científico. Fuera como fuera, la sensación de encontrarnos en el lugar donde la Tierra se abre es sobrecogedora, hasta el punto en que los asuntos humanos comienzan a perder importancia. En mitad de esta reflexión, sin esperarlo, la cascada de Öxarárfoss nos sorprende al final del sendero. Como canarios desubicados, quedamos impresionados por el extraordinario caudal de agua que desciende por la pared de roca, de nuevo sin sospechar las verdaderas dimensiones de la naturaleza de Islandia.
Avanzamos hacia el norte para cumplir con el trámite obligatorio de completar el Círculo Dorado. Pronto llegamos a Geysir, en la zona geotérmica del valle de Haukadalur. El paisaje humeante de roca y musgo, que recorremos a través del corto itinerario marcado, provoca la sensación de que el planeta está vivo bajo nuestros pies. Los visitantes nos vamos congregando alrededor del gran géiser y la columna de agua sale disparada por la presión y la temperatura, alcanzando una altura considerable, con una frecuencia propia de la relojería suiza. La reunión de turistas que rodeamos la poza terminamos envueltos entre la nube de vapor, mirándonos con una mezcla de estupor y simpatía. Espero que no hayamos venido hasta aquí para terminar siendo nosotros la atracción.
En este punto necesitamos hacer una pausa para comer e ir al baño. En el concurrido Geysir Center encontramos una mesa para un almuerzo poco memorable, entre souvenirs y más guiris como nosotros, que no paraban de entrar y salir. Rápidamente volvemos a la carretera y, solo diez kilómetros más tarde, llegamos a Gullfoss.
No ha venido tanta gente hasta el confín del Círculo Dorado y parece que vamos abandonando la peregrinación turística. Nada más bajarnos del coche, el estruendo de la cascada nos llama para dirigir las miradas hacia la nube de agua que asciende con el viento. Cuando nos asomamos al borde, no hay palabras ante la magnitud del lugar. Una enorme masa de agua se precipita con fuerza por un cañón del que no podemos ver el final. El ruido es ensordecedor y la velocidad del agua, exageradamente rápida. Al mismo tiempo, una armonía perfectamente equilibrada nos mantiene hipnotizados frente al paisaje aislado que, todavía por aquel año, no había sido invadido por las edificaciones turísticas del centro de visitantes, el restaurante y la tienda que en la actualidad ocupan los alrededores de la cascada.
Alongados con precaución, conseguimos escudriñar el relieve de las rocas y la formación de varios saltos de agua que se unen en la cascada principal, siguiendo el curso del río Hvítá. Nos llama la atención que, acostumbrados a la sobreprotección de los espacios naturales de Canarias, donde siempre hay muros de piedra y hormigón en el paisaje, aquí tan solo un simple cordón nos separa de la caída al vacío.
Deberíamos regresar al sur. Hasta ahora hemos sido muy aplicados cumpliendo con el orden de las guías turísticas. Sin embargo, necesitamos salir un poco del mapa, así que decidimos improvisar más al norte. Sin saber qué nos vamos a encontrar, conducimos con el rumbo fijo hasta que nos cansamos.
Una parada en el saliente de Gaukshöfði nos regala unas vistas colosales del Hekla. A partir de aquí no hay nadie más. El volcán, solitario, domina la planicie atravesada por los infinitos afluentes trenzados de los ríos que recorren el territorio.
Al final de la carretera, en las pequeñas cascadas gemelas de Hjálparfoss, por fin, tumbados al sol sobre la madera caliente, podemos relajarnos de verdad. Casi dormido junto al arrullo del agua, de repente, me sobresalta un recordatorio inoportuno: tan solo estoy de vacaciones. Mientras una punzada fría me atraviesa el pecho al pensar en la vida que me espera cuando regrese, decido no volver a pensar en ello hasta el final del viaje. O eso creo.
Volviendo la vista, una densa cortina de lluvia en el horizonte parece interponerse en nuestro camino de vuelta. —Bendita lluvia —pensé al encontrar la que sería mi única preocupación durante las próximas horas al volante.

Al otro lado de la grieta
Amanece, en Þorlákshöfn, al menos según el reloj. El sol de medianoche, que no termina de ponerse del todo, a las seis de la mañana luce con la intensidad del mediodía. Habíamos pasado la noche anterior dando vueltas por el pueblo, buscando dónde cenar sin éxito. Se ve que la gente se recoge temprano en esta pequeña localidad aislada, donde parecemos los protagonistas de una película apocalíptica, recorriendo las calles vacías en una especie de atardecer perpetuo.
El alojamiento que habíamos reservado para estos días se encontraba apartado de la población, en el complejo de Black Beach Guesthouse. Nuestro cottage privado, al que bautizamos como “el contenedor”, tenía todo lo necesario para descansar y sobrevivir a base de sándwiches. Aquella forma de construir un espacio perfectamente habitable y funcional, en medio de la nada, me pareció un ingenio fascinante. Hoy este tipo de construcciones se han vuelto más que habituales, pero entonces se trataba de algo impensable.

Aprovechamos la vigilia para salir temprano y atravesar la península de Reykjanes por la reserva natural de Reykjanesfólkvangur. Este lado de la dorsal mesoatlántica es puro territorio volcánico reciente. La tierra joven, aún caliente, está poblada por extensos campos de lava, cráteres y lagos que, junto a la tímida vegetación que comienza a colonizar el suelo, llenan el paisaje de colores.
Nos recibe un extenso malpaís cubierto de espesos musgos, sobre los que podemos caminar cómodamente. Podríamos dormir una siesta bajo el sol, que calienta superficialmente la mañana fría. Teniendo en cuenta que estamos acostumbrados a encajar la espalda sobre las afiladas lavas desnudas de Tenerife, la Cetraria islandica nos parece mejor que los colchones de muchos hoteles.
Poco después llegamos a Grænavatn, el lago verde. Sus aguas ocupan el interior de un cráter volcánico y contrastan con los tonos oscuros de las coladas que lo rodean. Resulta abrumador imaginar que todo este vasto paisaje continúa transformándose bajo nuestros pies. La prueba está en los lodos termales que salpican el terreno, todavía burbujeantes, entre centenares de pequeños conos volcánicos que sirven de huellas para seguir la historia reciente del lugar. Mientras tanto, los caballos islandeses descansan indiferentes a todas estas observaciones.
Tomamos un respiro en las extensas playas negras del lago Kleifervatn. La distancia con la orilla contraria genera confusión. Por un instante parece que nos encontramos junto al mar, incluso si me dijeran que estoy en Lanzarote me lo creería, hasta que la quietud del agua nos devuelve a la realidad. El silencio y la soledad crean una atmósfera de aislamiento del mundo civilizado. No hemos visto a casi nadie en todo el trayecto y la sensación de vulnerabilidad ante la inmensidad termina siendo gratificante.
Varios kilómetros después, entre el polvo de la maltrecha carretera 42, un pequeño refugio aislado en el paisaje es la única construcción que encontramos. En todas direcciones nos rodea una enorme extensión de tierra volcánica, llena de detalles y relieves en los que fijar la mirada, pero ni rastro de evidencias humanas más allá de la propia vía por la que conducimos. El entorno termina pasando a mayor velocidad de la que nos gustaría, pero hay que continuar. Aunque el sol no se ponga, el día no es eterno y nuestras fuerzas tampoco.
Tras cortar Reykjanes por la mitad, la emoción se desvanece al llegar a la localidad de Hafnarfjörður. Regresamos a Þorlákshöfn por el norte, a través de carreteras que, ahora civilizadas, resultan un tanto extrañas. Mientras dejaba atrás una grieta, sin saberlo, otra se abría en silencio.
Ísland, 2019-2022



















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