Llevábamos varios días en La Graciosa. Llegamos después de un vuelo entre Tenerife y Lanzarote, un trayecto en guagua hasta el muelle de Órzola y un transbordo en barco algo movido para cruzar el agitado Canal del Río. El tiempo transcurría con la normalidad del verano de la isla, que consiste en ir de una playa a otra para pasar el día sumergidos entre el calor de la arena y el frío del océano Atlántico.
Mientras tanto, yo buscaba una ventana de coincidencias para hacer realidad una idea que había tenido semanas atrás: unir la población de Caleta del Sebo y la salvaje Playa de Las Conchas corriendo. Para ello necesitaría estar preparado, descansado y mentalizado para, estando de vacaciones, levantarme tan temprano como para regresar antes de que se notara mi ausencia.
La oportunidad se presentó en el tercer día del viaje, cuando mi grupo reservó un servicio de transporte a la playa de Las Conchas, previsto para la mañana siguiente. Era el momento perfecto para cumplir un plan tan sencillo como madrugar, salir una hora antes y encontrarnos allí. Esa misma noche diseñé el track para mi reloj GPS, cené ligero y me fui a dormir temprano. Mientras que los demás harían el trayecto en taxi 4×4, el único medio de transporte público de La Graciosa, yo iría corriendo. O al menos lo intentaría.
Atravesando La Graciosa
El comienzo es duro. Por ello, había previsto un calentamiento más largo de lo habitual. Desde el final de la calle Cabo, directamente en subida, el recorrido comienza por una senda entre las dunas, que conecta con la carretera principal, atrapando los pies que se entierran en la arena en cada paso. Por si fuera poco, el viento moderado de cara dificulta la progresión aún más. Con toda esta mezcla de condiciones hostiles, para alguien habituado al cómodo asfalto, las pulsaciones son altas y el ritmo es bajo desde el primer momento.
Apenas transcurre un kilómetro cuando llego a la conexión con la carretera principal. Las condiciones no son mejores. No es fácil correr por superficie de losa de cemento rota, tanto por el paso del tiempo como por el ajetreo de los vehículos 4×4 que van y vienen transportando turistas de playa en playa. En algunos tramos se puede transitar por el arcén que las bicicletas han ido trazando para evitar la incomodidad del terreno, cuesta arriba y cada vez más pendiente. El desnivel aumenta en la misma proporción que el viento de cara, mientras voy ganando altura con la mirada fija en el final de la cuesta, custodiado por los volcanes de Las Agujas y Montaña del Mojón a cada lado.
Después de tres kilómetros, llegar hasta el punto más alto del recorrido sabe igual que conquistar un puerto de montaña. El viento arrecia mientras, de repente, el resto del Archipiélago Chinijo se abre en el paisaje, aunque apenas tengo tiempo para contemplarlo. El descenso dura menos de lo que me gustaría para recuperar algo de ritmo.
El pésimo estado de la carretera sigue castigando al cuerpo hasta llegar al conocido como Llano de la Baja del Ganado. La recta final del recorrido vuelve a tomar pendiente ascendente —parece que el ganado solía venir en sentido contrario— pero al menos puedo terminar por el arcén de la carretera, mucho más acolchado y suficientemente ancho para permitir el paso de dos personas. Encarando en el frente la vista del volcán de Montaña Bermeja y los islotes de Montaña Clara, el Roque del Oeste y Alegranza, tras llegar al aparcamiento de Las Conchas tomo el camino que desciende a la playa para finalizar la carrera en el poste de la bandera roja que siempre ondea en esta costa peligrosa.
Totalmente solo en la Playa de Las Conchas
Madrugar tuvo la recompensa que buscaba: quedarnos solos, el paisaje y yo, antes de la avalancha de turistas que llegan a una de las localizaciones más populares de La Graciosa. Me puedo permitir veinte minutos de gloria mientras espero la llegada de mi grupo. Aunque este intervalo de tiempo, que podría ser eterno en otras situaciones, aquí es completamente efímero.
Solamente puedo escuchar el rugido del mar y el aullido del viento. Sentado frente a la isla de Montaña Clara, termino un plátano con los pies bien enterrados en la arena y la espalda encajada en la roca. Poco después camino hacia la orilla para meter las piernas en el gélido mar. Justo antes de que la ola me alcance escucho un sonido muy leve que me hace dar media vuelta. Son los niños que, desde el inicio de la playa, me llaman a gritos con todas sus fuerzas.

Malos tiempos, experiencia máxima
Las métricas que suelen importarme, como el ritmo de carrera, la cadencia y las pulsaciones, han sido malas. El tiempo total empleado para cubrir los 5,6 kilómetros de recorrido ha sido muy superior a lo que ya estoy acostumbrado sobre el asfalto de Santa Cruz de Tenerife, aún siendo consciente de la merma que supone el cambio de terreno.
Sin embargo, la vivencia ha sido máxima. El simple hecho de correr esta distancia sin parar, en un entorno adverso, cambiante y poco controlado, era una aspiración lejana hace unos pocos años. Poder hacerlo atravesando el territorio salvaje de los confines del norte de Canarias, rodeado de volcanes e inmerso entre el viento y la arena, hubiera sido un sueño inalcanzable hace menos de un año, que hoy se había cumplido.
Próximo reto: Agujas Grandes
Sin demasiado tiempo para la recuperación, a las 7:30 de la mañana siguiente me esperaba el equipo de Lainakai.com para subir al punto más alto de La Graciosa, la Montaña de Agujas Grandes. Con solo 267 metros de altitud, el fuerte desnivel y los vientos que casi nos levantan del suelo pondrían a prueba nuestras capacidades. Pero esa es otra historia.
La Graciosa, 2026



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