Llegamos a Oslo después del intenso road trip por el interior de Noruega, por el que hemos recorrido los parques nacionales de Jotunheimen y Jostedalsbreen, al noroeste de la capital. Ahora, en esta última parte del viaje, conoceremos una interesante ciudad nacida en el enorme fiordo que lleva su nombre, donde historia y modernidad conviven en perfecta armonía con la naturaleza.
Toca deshacer el trayecto que iniciamos hace cinco días. Una segunda parada en algunos de los lugares de descanso —esta vez en sentido contrario— nos aporta una comprensión más profunda del entorno, tanto a nivel paisajístico como cultural. En la población de Lom, un paseo tranquilo y de nuevo un café acompañado de los famosos rollos de canela de Bakeriet i Lom nos permite contemplar la ajetreada vida de sus habitantes, aunque tampoco haya demasiado que hacer en esta pequeña localidad que, estando en pleno mes de agosto, no muestra la intensa actividad turística que el invierno trae a los Alpes escandinavos. Una vez más, vuelvo a maldecirme por no tener ninguna fotografía de estos momentos del viaje, como siempre por estar completamente metido en el momento, de igual modo que echamos de menos haber comprado un pequeño cargamento de dulces para el largo camino que nos espera por delante.
Así que, con algo de resignación, decidimos afrontar las cinco horas de trayecto entre Lom y el aeropuerto de Oslo-Gardermoen casi del tirón, donde devolvemos nuestro coche de alquiler. El personal de la compañía Alamo nos despide con la misma simpatía que nos recibió el primer día, cuando además fuimos obsequiados con un magnífico upgrade que haría nuestro viaje por carretera mucho más cómodo. Pero lo que no sabíamos es que detrás de este buen rollo se esconde una estrategia de entrega rápida para cargar a nuestra tarjeta bancaria costes ocultos unos días después. Una práctica que, por desgracia, hemos sufrido ya con otras empresas y destinos.
Tomamos el tren rápido Airport Express de la empresa Flytoget, que une el aeropuerto con el centro de la ciudad. En poco más de cuarenta minutos estamos en Oslo.
Llegada a Oslo S
Desembarcamos en la Estación Central de Oslo, conocida como Oslo S, la principal estación ferroviaria y centro de conexiones de transporte más importante de la ciudad. Tras bajar en uno de los andenes exteriores, atravesamos el edificio central para salir al exterior por la puerta principal de la estación. Un llamativo tigre de bronce preside la plaza llena de movimiento: personas, tranvías, guaguas y taxis que van y vienen en todas direcciones. El Tigeren, convertido en símbolo de Oslo en el año 2000 con motivo del primer milenio de historia de la ciudad, luce majestuoso y brillante con sus proporciones sobredimensionadas.


Es media tarde y hace sol, por lo que podemos disfrutar de un cómodo paseo hasta el hotel. Tomamos la calle Fred Olsens gate y tras pasar por delante de la sede de la compañía naviera, bien conocida por los canarios, callejeamos durante unos pocos giros hasta nuestro alojamiento para los próximos días, el Clarion Collection Hotel Bastion. Soltamos las maletas en la habitación, tomamos un café con leche por cortesía habitual de la hospitalidad noruega y en seguida regresamos al exterior.
Queremos aprovechar que los días de verano son más largos en esta latitud, puesto que tenemos ganas de conocer la ciudad. Oslo, fundada por los vikingos en el año 1050, mantiene la esencia de sus orígenes con un extraordinario modelo de desarrollo que prioriza el equilibrio entre la conservación de la historia y la preservación del entorno con un estilo de construcción vanguardista que se ha convertido en un referente mundial.
Justo nuestra calle no es especialmente interesante desde el punto de vista estético, ya que no se parece a las avenidas pobladas de árboles y edificios clásicos que hemos venido observando en el agradable trayecto a pie desde la estación de tren. Posiblemente se deba a que nos encontramos en la transición con la zona industrial del muelle de Oslo. No nos importa demasiado, ya que cruzando solo dos calles llegamos a la orilla del fiordo, donde nos espera uno de los mejores paseos de la ciudad con vistas a la Ópera y el barrio de Bjørvika, hacia donde nos dirigimos.
Bjørvika
Después de las obras de reconversión de los antiguos muelles de Oslo, esta se ha convertido una de las zonas más modernas de la ciudad. Aquí se sitúa hoy el mágico edificio de la Ópera, que emula un iceberg emergiendo del fiordo mientras caminamos sobre su tejado inclinado. El vecino Museo Munch, donde se exhibe la versión más popular de El grito, obra maestra del artista de la que realizó cuatro variantes, ofrece unas vistas panorámicas inigualables de toda la ciudad, mientras el proyecto Barcode aparece con una silueta arquitectónica perfectamente desordenada.
La activa vida exterior en torno al fiordo en esta tarde soleada nos llama la atención, como igual de sorprendente resultan las amplias terrazas de las nuevas construcciones, queriendo aprovechar al máximo los pocos días de sol que los habitantes de Oslo pueden disfrutar al año. Curiosamente, nosotros que venimos de un lugar como Canarias, donde el sol es prácticamente infinito, sufrimos un estilo de construcción que parece buscar lo contrario.
Las orillas del fiordo, equipadas con un mobiliario modernista y funcional para sentarse, comienzan a llenarse de pequeños grupos personas que se reúnen en torno a una botella de vino al atardecer. Esta imagen nos sirve como recordatorio para regresar al hotel, más teniendo en cuenta la excelente gastronomía noruega que nos espera para cenar, como he mencionado de manera insistente en cada publicación de este viaje.
Sentrum
A la mañana siguiente, bien temprano y después de un amplio desayuno, nos proponemos un ambicioso plan: conocer la ciudad a pie. Oslo es una ciudad prácticamente llana y cómoda para caminar, además de estar bien conectada mediante transporte público.
Comenzaremos por el barrio de Sentrum, donde se concentran los edificios históricos más importantes. Para ello regresaremos a la estación de trenes de Oslo S, que ya reconocemos como centro neurálgico de la ciudad, más allá de su función como infraestructura de transporte. En la oficina de turismo, situada en el interior, obtendremos la tarjeta Oslo Pass, que nos dará acceso ilimitado al transporte público y a los museos de la ciudad durante toda nuestra estancia.
A partir del Tigeren tomaremos la calle Karl Johans gate, uno de los principales ejes de la ciudad que une la estación central con el Parlamento de Noruega (Storting, en noruego) y el Palacio Real. Por el camino pasaremos por la Catedral del Salvador de Oslo y el Teatro Nacional mientras recorremos toda esta vía peatonal, hoy convertida en la principal zona comercial de la capital. Aunque no podemos librarnos de las franquicias internacionales también habituales en nuestro lugar de origen, también encontramos establecimientos locales de cerámica, arte, ropa de invierno y cafeterías.
Al final de la calle, tras rodear el Palacio Real y sus jardines descendemos hacia el fiordo. Pasamos junto a la singular construcción del Ayuntamiento de Oslo, reconocible por sus dos torres paralelas, en este momento cubiertas por una lona, probablemente por obras.
Justo a continuación encontraremos los dos edificios que venimos buscando, donde pasaremos varias horas antes de adentrarnos en el moderno barrio de Aker Brygge.
El Centro Nobel de la Paz (Nobels Fredssenter) acoge un homenaje a la vida de Alfred Nobel y el galardón del Premio Nobel de la Paz, cedido a Noruega para conmemorar su unión con Suecia como país único entre 1814 y 1905. La exposición permanente representa a todos los premiados a lo largo de la historia, mientras que una exposición temporal del arte vanguardista de Yoko Ono nos llama la atención, tanto por su original visión fotográfica como por la contradicción de no haber sido galardonada con la distinción.

Detrás del Centro Nobel se presenta el impresionante edificio rectangular de hormigón del Museo Nacional. En su interior disfrutamos de una extensa e interesante muestra histórica del arte escandinavo hasta la actualidad, aunque una de sus piezas más reconocidas sea otra de las versiones de El Grito de Edvard Munch, que aquí se puede admirar con más tranquilidad. Sin embargo, para alguien que ha trabajado muchos años en marketing —incluso hasta detestarlo—, la excelente imagen de marca que envuelve al museo crea una experiencia perfectamente integrada, tanto que sobrecoge por un nivel de excelencia muy poco habitual en nuestro entorno.
Encontramos el ático del Nasjonalmuseet por casualidad, al que accedemos tras meternos por un pasillo medio escondido, empujados por la curiosidad. Llevamos un ritmo alto y aún nos queda mucho día (y muchos kilómetros) por delante, así que aprovechamos el hallazgo para tomarnos un descanso. Parece que no interesa divulgar este rincón “secreto” del museo, ya que carece de señalización y solo unas pocas personas hemos llegado hasta aquí, o tal vez sea parte del cautivador minimalismo nórdico: ves una puerta al fondo y la atraviesas para ver qué hay al otro lado. Sea como sea, agradecemos el agua gratis y las tumbonas con vistas inmejorables a la bulliciosa Plaza del Ayuntamiento y al barrio de Aker Brygge en esta inusual mañana calurosa en Oslo.
Aker Brygge
En Aker Brygge nos espera otro ejemplo de modernidad levantada sobre antiguo suelo industrial, reconvertido en un espacio que actualmente mezcla ocio y vida residencial. De nuevo los viejos muelles han sido adaptados, esta vez como playas urbanas que en este día soleado son el lugar favorito para los residentes de Oslo, aunque el disfrute solo dure unos pocos días al año. Quizás por ello los bordes del fiordo están abarrotados de bañistas, familias y grupos de amigos que no quieren perderse ni un minuto de buen tiempo. Aquí el verano no se da por hecho, así que cuando llega se vive con intensidad. Encontramos de nuevo la demostración en los amplios balcones y terrazas de los nuevos edificios que nos recuerdan la importancia de vivir abiertos al exterior.
No pasamos ni media hora en el Museo de Arte Moderno Astrup Fearnley. Aunque somos conocedores de su popularidad y nos vemos atraídos por su excelente construcción, formada por dos módulos de madera y cristal unidos por una gran cúpula de hierro, en su interior nos sentimos completamente fuera de lugar, al vernos rodeados de obras excesivamente contemporáneas para lo que estamos acostumbrados. Además, el hambre limita nuestras capacidades para comprender la transgresión que se nos muestra, así que pronto buscamos la salida.
Nos decidimos por un almuerzo de comida callejera como alternativa a los precios desorbitados de los restaurantes de Aker Brygge, teniendo en cuenta la notable diferencia de poder adquisitivo que existe entre los noruegos y los españoles como nosotros. En la cadena local Backstube nos conformamos con dos ensaladas más que correctas, acompañadas de café y rollos de canela —que ya vienen siendo habituales en este viaje— por un precio más que aceptable en comparación con la oferta predominante que nos rodea.
Con los estómagos saciados retomamos la intensidad del itinerario que tenemos previsto. Bajo la mirada de un futurista astronauta nos dirigimos hacia los cercanos embarcaderos, donde es posible tomar varios ferris de transporte público que conectan otras partes de la ciudad a través del fiordo. Nuestro siguiente objetivo es navegar hasta la península de Bygdøy, donde nos espera una apasionante inmersión en varios hitos de la historia de la exploración, de los cuales, uno de ellos mantiene un estrecho vínculo con Canarias que aún desconocíamos.
Norge, 2024
- Notas en un vuelo Tenerife – Oslo
- Road trip por el interior de Noruega
- El fracaso de Nigardsbreen
- Atrapados en un hotel de los Alpes escandinavos
- Sendero pasado por agua en el Parque Nacional de Jotunheimen
- Oslo
- Exploradores en la península de Bygdøy
- Todos los días terminan en Bjørvika
- El aprendizaje del allemansretten




















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