Amanece otro día más en Oslo, el último de nuestro viaje. Mañana por la mañana regresamos a Tenerife, así que hemos decidido que la jornada sea tranquila. Preferimos visitar unos pocos sitios en lugar de afrontar una nueva tirada de kilómetros para cumplir un simple checklist turístico, de modo que hoy transitaremos por la ciudad como dos habitantes más. Y es que no hay mejor manera de conocer un lugar que practicando las costumbres locales, además de permitirnos deambular sin rumbo (al menos por un día).
Tras apurar el rico desayuno, al que ya estamos mal acostumbrados, nos dirigimos a pie hasta la parada de tranvía de Dronningens gate, a solo dos calles de nuestro hotel. Tomamos la línea con destino al parque Vigeland, único lugar que hemos pensado visitar hoy, que alberga una de las joyas artísticas de Noruega.
Durante el trayecto podemos contemplar la ciudad desde otra perspectiva. Vemos pasar a cámara lenta el Ayuntamiento, el Centro Nobel de la Paz, el Museo Nacional y el Palacio Real, sitios que ayer buscábamos con impaciencia, de modo que la ciudad ya no parece tan grande como el primer día. La entrada en el barrio de Frogner confirma que se trata de una de las zonas residenciales mejor valoradas de Oslo, tal y como habíamos leído en las guías de viaje, visible por sus buenas casas unifamiliares de estilo clásico en sustitución de los altos bloques de viviendas. Después de veinte minutos llegamos a nuestra parada, Vigelandsparken.
Día libre en el final del viaje
La mañana vuelve a ser inusualmente soleada. Por suerte, hemos llegado temprano y el parque se encuentra casi vacío, dándose las condiciones perfectas para disfrutarlo en silencio, solo interrumpido cuando coincidimos con un grupo de italianos en el monumento principal.
El parque es una exposición permanente de la obra del escultor noruego Gustav Vigeland, formada por una serie de figuras humanas de gran realismo que convergen en El monolito. Esta figura central muestra una sucesión de cuerpos entrelazados entre sí, desde la edad adulta en la base hasta la niñez en la cúspide. La imagen sugiere un relevo generacional constante, algo que resulta familiar para este profesor que observa con atención todos los detalles logrados por el artista.
El parque de Vigeland es tan solo un sector dentro de un conjunto mayor que lo envuelve: el parque Frogner. Así que, teniendo hoy el día libre, decidimos recorrerlo sin prisas dejándonos llevar por algunos de sus caminos.
Encontramos la salida por Frognerplass, donde tomamos el tranvía de vuelta hasta la estación de Oslo S. Debemos hacer algunas compras en Sentrum para obsequiar a quienes nos esperan en Tenerife, además de darnos un homenaje en forma de auto regalo, en ambos casos buscando recuerdos más originales que los típicos souvenirs.
Deambulando por Bjørvika
Una vez cumplidos los compromisos familiares del viaje, y tras un almuerzo ligero, deambulamos sin destino por las inmediaciones de Oslo S. Rodeamos la estación y cruzamos la calle hasta encontrarnos, de repente, en la Ópera. Sin habernos dado cuenta hemos regresado, una vez más, a Bjørvika para el atardecer.
Y es que todos nuestros días en Oslo han terminado en Bjørvika, aunque ni siquiera nos quede de camino, ya que nos gusta pasear por este entorno moderno, amplio y cuidado que recorre la orilla del fiordo.
El ambiente a esta hora del día es inmejorable, cuando confluyen grupos de amigos que se reúnen alrededor de una botella de vino, intrépidos bañistas que saltan al agua helada desde saunas flotantes, runners o simples paseantes. Sin embargo, es posible que encontremos el verdadero atractivo del lugar en su arquitectura.
La Ópera de Oslo y el Museo Munch son excelentes ejemplos de espacios públicos abiertos a las personas, pero los detalles de las nuevas construcciones residenciales que nos rodean marcan la diferencia. Las formas escalonadas para crear grandes terrazas arboladas, perfectamente integradas en el entorno, son la envidia para quienes venimos de un territorio devorado por la construcción descontrolada. Aquí la habitabilidad del espacio ha sido pensada con todo el sentido para devolver el antiguo suelo industrial a los habitantes de Oslo, cuya vida se abre al exterior con independencia del tiempo, encontrando la belleza tanto en los días soleados como en las mejores tempestades.
Siempre ocurre lo mismo durante los viajes, y es que es el último día cuando empiezo a comprender el lugar.
Norge, 2024
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